23/5/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 7 / Desligamiento de la conciencia

Mediante el comprender nos liberamos de la dominación por lo inconsciente. Éste es, en el fondo, también el objetivo de las instrucciones de nuestro texto. El discípulo es enseñado cómo debe concentrarse sobre la Luz del recinto más interno y, con ello, soltarse de todos los encadenamientos externos e internos. Su voluntad de vida es dirigida al estado de con¬ciencia sin contenido que, no obstante, deja existir todos los contenidos. El Huí Ming King dice sobre el desligamiento:
"Un resplandor de Luz circunda el mundo del espíritu,
Se olvida uno a otro, quieto y puro, por completo potente y vacío,
Lo vacío es traslucido por el fulgor del Corazón del Cielo.
El agua de mar es lisa y refleja *en su superficie la luna.
Las nubes se atenúan en el espacio azul.
Las montañas lucen claras.
La conciencia se disuelve en el contemplar,
El disco de la luna reposa solitario."
Esa característica de la consumación describe un estado anímico que quizás pueda designarse del mejor modo corno una separación de la conciencia respecto del mundo y un retrai¬miento de la misma a un punto por decir así extramundano. De tal modo, la conciencia está vacía y no-vacía. Ya no está más preocupada por las imágenes de las cosas, sencillamente las contiene. La anterior plenitud del mundo, inmediata y oprimente, por cierto nada ha perdido de su abundancia y su belleza, pero no domina más a la conciencia. Ha cesado la pretensión mágica de las cosas, pues se ha desenredado el pri¬mitivo entrelazamiento de la conciencia con el mundo. Lo inconsciente ya no es proyectado, por cuyo motivo es anulada la participation mystique original con las cosas. En con¬secuencia, la conciencia ya no está colmada de intenciones compulsivas, sino que pasa a contemplar, como muy bien dice el texto chino.
¿Cómo se llega a producir este efecto? No se lo hace con el sentir ex¬terno, pues nada sería más infantil que querer hacer estético tal estado anímico. Se trata aquí de un efecto que conozco muy bien a partir de mi práctica médica; es el efecto terapéu¬tico par excellence, por el que me ocupo con mis discípulos y pacientes: la disolución de la participation mystique. Lévy-Bruhl1 con visión genial, ha expuesto como signo distintivo de la mentalidad primitiva lo que llamó participation mystiqnc. Lo que designó no es otra cosa que el resto, indeterminada¬mente grande, de indiferenciación entre sujeto y objeto, que en los primitivos posee todavía dimensiones tales que no puede dejar de sorprender a los hombres de conciencia europea. Mien¬tras no sea consciente la distinción entre sujeto y objeto, reina la identidad inconsciente. Entonces lo inconsciente es proyec¬tado sobre el objeto, y el objeto introyectado en el sujeto, es decir, psicologizado. Animales y plantas se conducen entonces como hombres, los hombres son simultáneamente animales, y todo está animado con espectros y dioses. El hombre de cul¬tura se cree, claro está, inmensamente elevado por encima de esas cosas. Pero a menudo se halla, durante su vida en¬tera, identificado con los padres, identificado con sus afec¬tos y prejuicios, y afirma del otro, impúdicamente, lo que no quiere ver en sí mismo. Precisamente tiene todavía también un resto de inconsciencia inicial, es decir, de indiferenciación de sujeto y objeto. En virtud de esa inconsciencia es afectado mágicamente por incontables hombres, cosas y circunstancias, o sea, incondicionalmente influido; está colmado casi tanto de contenidos perturbadores como el primitivo, y por consiguiente emplea igual cantidad de magia apotropéyica. Pero sus prácticas mágicas no las realiza más con bolsitas medicinales, amuletos y sacrificios animales, sino con remedios para los ner¬vios, neurosis, "ilustración", cultos de la voluntad, etc.
Ahora bien, si se logra reconocer lo inconsciente como magnitud co-condicionante al par de la conciencia, y vivir de manera que las exigencias conscientes e inconscientes (o sea instintivas) sean en lo posible tomadas en consideración, el centro de gravedad de la personalidad no es más el yo, que es un mero centro de conciencia, sino un punto, por así decir, virtual entre lo consciente y lo inconsciente, al que cabe de¬signar como sí-mismo. Si se logra tal trasposición, el resultado es la anulación de la participation mystique y de ello nace una personalidad que, por decirlo así, sufre sólo en los pisos infe¬riores pero está en los superiores singularmente alejada del acontecer penoso o gozoso.
La producción y nacimiento de esa personalidad es lo que nuestro texto tiene por objetivo cuando habla del "fruto santo", del "cuerpo diamantino" o, de alguna otra manera, acerca de un cuerpo imputrescible. Tales expresiones son psi¬cológicamente simbólicas de una actitud invulnerable al con¬flicto emocional incondicionado y con ello a la conmoción vio¬lenta; en otras palabras, simbolizan una conciencia desligada del mundo. Tengo razones para creer que ésta sea realmente una preparación natural para la muerte, que se instituye des¬pués de la mitad de la vida. Para el alma la muerte es tan importante como el nacimiento y, como éste, un elemento integrante de la vida. (…) La muerte, en efecto, vista psicológicamente de manera co¬rrecta, no es un término sino una meta, por lo tanto comienza la vida para la muerte tan pronto como se sobrepasa la altura del mediodía.
La filosofía del yoga chino se erige sobre el hecho de esa preparación instintiva para la muerte como meta y, en ana¬logía con la meta de la primera mitad de la vida, o sea, la generación y propagación, el medio de perpetuar la vida fí¬sica, pone como objetivo de la existencia espiritual la genera¬ción y nacimiento simbólicos de un "cuerpo-hálito" psíquico (subtle body), que asegura la continuidad de la conciencia desligada. Es el nacimiento del hombre neumático, conocido desde la antigüedad por el europeo, quien busca empero al¬canzarlo con símbolos y procedimientos mágicos completa¬mente diferentes, con fe y conducta cristianas. También aquí nos hallamos otra vez sobre una base totalmente distinta a la del Este. De nuevo suena por cierto nuestro texto como si no estuviese distante de la moral ascético-cristiana. (…) Quien vive sus instintos puede también separarse de ellos, y eso de manera tan natural como los ha vivido. Nada sería más ajeno a nuestro texto que el heroico vencerse a sí mismo, a lo cual empero vendría a parar infaliblemente entre nosotros si observásemos literal¬mente las instrucciones chinas.
(…) Para mantener de alguna manera esa altura por fuerza había que reprimir ampliamente la esfera de los instintos. Por eso la práctica religiosa y la moral adoptaron un carácter manifiestamente brutal, casi maligno. Natural¬mente, lo reprimido no se desarrolla, sino que sigue vegetan¬do, en primitiva barbarie, en lo inconsciente. (…) Aún no están cu¬radas las heridas de Amfortas y el desgarramiento fáustico del hombre germánico. Su inconsciente está todavía cargado de esos contenidos, que en primer lugar deben hacerse cons¬cientes antes de que pueda uno librarse de ellos. Hace poco, recibí una carta de una antigua paciente, que describe con palabras sencillas pero justas la trasposición necesaria: "De lo malo me ha venido mucho bueno. El mantenerme calma, no reprimir, estar atenta, y al mismo tiempo aceptar la realidad —las cosas como son, y no como yo las querría— me ha pro¬curado un raro discernimiento, y también fuerzas pocos co¬munes, que antes ni siquiera hubiera podido imaginar. Pen¬saba yo siempre que, si se aceptan las cosas, la abruman a una de alguna manera; ahora bien, esto no es de ningún modo así, y sólo al aceptarlas puede adoptarse una posición hacia ellas. [¡Anulación de la participación mystiquel!] De modo que jugaré ahora al juego del vivir, aceptando lo que cada vez me traen el día y la vida, bueno y malo, sol y sombra, que constantemente cambian, y así acepto también mi propia na¬turaleza con su positivo y negativo, y todo se hará más vi¬viente. ¡Qué tonta era! ¡Cómo he querido forzar todo según mi cabeza!"

Únicamente sobre la base de una actitud tal, que no re¬nuncia a ninguno de los valores adquiridos durante el des¬arrollo cristiano sino que, por lo contrario, acepta, también con amor y longanimidad cristianos lo más humilde en la propia naturaleza, se hará posible un nivel superior de con¬ciencia y cultura. Esa actitud es religiosa, en su más legítimo sentido, y por lo tanto terapéutica, pues todas las religiones son terapias para los sufrimientos y perturbaciones del alma. El desarrollo del intelecto y voluntad occidentales nos ha otor¬gado la capacidad casi diabólica de imitar, aparentemente con éxito, esa actitud, a pesar de las protestas de lo inconsciente. Pero es siempre cuestión de tiempo que se abra paso de alguna manera la posición contraria, con un contraste tanto más crudo. Con el cómodo imitar invariablemente se crea una si¬tuación insegura, que a cada momento puede ser derribada por lo inconsciente. Surge una base segura sólo cuando las premisas instintivas de lo inconsciente son tomadas en igual consideración que el punto de vista de la conciencia. Pero no nos engañemos: esa necesidad se halla en oposición violenta con el culto cristiano-occidental de la conciencia, y en espe¬cial el protestante. A pesar, sin embargo, de que parezca lo nuevo ser constantemente enemigo de lo antiguo, un más pro¬fundo deseo de comprender no puede menos que descubrir que, sin la aplicación más seria de los valores cristianos con¬quistados, tampoco puede en absoluto llegar lo nuevo a esta¬blecerse.

"El secreto de la Flor de Oro", Carl Jung

12/5/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 5 / Animus y anima.

A las figuras de lo inconsciente pertenecen, según nuestro texto, no sólo los dioses, sino también animus y anima. La pa¬labra hun es traducida por Wilhelm como animus y, en efecto, el concepto animus calza excelentemente a hun, cuyo carácter está compuesto por el signo para "nubes" y el signo para "de¬monio". En consecuencia, hun significa demonio de nubes, un "alma-hálito" superior, perteneciente al principio Yang y por eso masculina. Después de la muerte hun asciende y pasa a schen, al espíritu o dios "que se extiende y manifiesta". El anima, llamada po, escrita con el signo para "blanco" y él signo para "demonio", por ende "fantasma blanco", es el alma corporal inferior, ctónica, perteneciente al principio Yin y, por lo tanto, femenina. Después de la muerte se hunde y pasa a gui, demonio, explicado a menudo como "lo que re¬torna" (scil., a la tierra), el alma en pena, el espectro. El he¬cho de que tanto el animus como el anima se separen después de la muerte y vayan independientemente por sus caminos demuestra que, para la conciencia china, son factores psíquicos distinguibles, que tienen también un efecto claramente diferente, y a pesar de que originalmente sean uno en la "esen¬cia una, efectiva y verdadera", son dos en la mansión de lo creativo. El animus está en el Corazón celestial, durante el día mora en los ojos (es decir, en la conciencia); por la noche sueña desde el hígado. Es aquello que hemos recibido del gran vacío, lo que es de una figura con el origen". El anima es, en cambio, la fuerza de lo pesado y turbio", fijada al corazón corporal, carnal. "Deseos carnales y excitaciones coléricas" son sus efectos. "Quien al despertar hállase sombrío y deprimido está encadenado por el anima.
(…)La psicología femenina muestra, en efecto, un contraste con el anima del hombre, que no es, primariamente, de naturaleza afectiva, sino una esencia cuasi-intelectual que se caracteriza con la palabra "prejuicio" de manera cabalmente justa. No es el "espíritu", sino la natu¬raleza emocional del alma lo que corresponde a la naturaleza consciente de la mujer. El espíritu es el "alma", o mejor dicho, el animns de la mujer. Y así como el anima del hombre consiste en primer lugar en afinidades inferiores afectivas, el animus de la mujer consiste en juicios inferiores o, mejor dicho, opi¬niones. (Para cualquier ampliación remito al lector a mi obra antes citada. Sólo puedo mencionar aquí lo general.) El animus de la mujer consiste en un gran número de opiniones precon¬cebidas y por lo tanto es mucho menos personificable por me¬dio de una figura que, más bien, por medio de un grupo o multitud. (Un buen ejemplo parapsicológico al caso es el gru¬po llamado "Imperator", en Mrs. Piper) El animns en un ni¬vel más bajo, es un logos inferior, una caricatura del diferen¬ciado espíritu del hombre, como es una caricatura el anima, en un nivel más bajo, del eros femenino. Y así como hnn a sing, que Wilhelm traduce por logos, corresponde el eros de la mujer a ming, que se traduce por destino, fatnm, fatalidad, y es interpretado por Wilhelm como eros. Eros es el entrelaza¬miento, logos el discernimiento separador, la luz clarificadora. Eros es afinidad; logos, discriminación y desapego.

"El secreto de la Flor de Oro" - Carl Jung

17/4/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 6 / La disolución de la conciencia

El encuentro de la conciencia individual, delimitada estrechamente, pero por lo mismo intensivamente clara, con la enor¬me extensión de lo inconsciente colectivo, es un peligro, pues lo inconsciente tiene definido efecto disolvente sobre la concien¬cia. Ese efecto pertenece incluso, según la exposición del Huí Míng King, a los fenómenos particulares de la práctica del yoga chino. Se dice ahí: "Cada pensamiento parcial adquiere configuración, y se hace visible en color y forma. La fuerza L total del alma revela sus rastros"2.
(…)Se comprende por lo tanto por qué se recae sobre la figura % defensiva del "círculo protector". Ése ha de impedir la "efluxión", y defender la unidad de la conciencia contra la voladura por obra de lo inconsciente. Además, la concepción china intenta eliminar por debilitamiento el efecto disolvente de lo inconsciente en cuanto designa las "figuras del pensamiento" o "pensamientos parciales" como "colores y formas vacíos" y, con ello, los despotencializa en la medida de lo factible. Este pensamiento pasa por todo el budismo (…) hasta la explicación de que también los dioses, favorables y desfavorables, son ilu¬siones que deben todavía ser vencidas. No pertenece por cierto p a la competencia del psicólogo establecer la verdad o falsedad metafísica de ese pensamiento. Él debe contentarse con establecer, donde sea posible, qué es lo psíquicamente efectivo. Y no le preocupa el que la figura en consideración sea o no una ilusión trascendental. Sobre ello decide la fe y no la ciencia. (…) la sustancialidad de estas cosas no es ningún problema científico ya que, en todo caso, yace más allá de la facultad de percepción y juicio humanos, y por lo tanto también más allá de toda posibilidad de prueba. No se trata, pues, para el psicólogo, de la sustancia de esos complejos, sino solamente de la experiencia psíquica. Sin duda son contenidos psíquicos experimentales, de autonomía igualmente incontestable, pues son sistemas psíquicos parciales que, o entran en escena de modo espontáneo en estados extáticos y, circunstancialmente, suscitan violentas impresiones y efectos, o se fijan en pertur¬baciones mentales bajo la forma de ideas delirantes y alucina¬ciones y con ello destruyen la unidad de la personalidad. El psiquiatra está de hecho inclinado a creer en toxinas y simi¬lares, y a explicar a partir de ellas la esquizofrenia (escisión de la mente en la psicosis), dejando de lado los contenidos psíquicos. En cambio, en las perturbaciones psicógenas (his¬teria, neurosis obsesivas, etc.), donde sencillamente no cabe hablar de efectos de toxinas y degeneraciones de células, tienen lugar, como por ejemplo en los estados sonambúlicos, similares escisiones espontáneas de complejos, que Freud por cierto que¬ría explicar a partir de la represión inconsciente de la sexua¬lidad. Tal explicación, empero, en modo alguno vale para todos los casos, pues también pueden desarrollarse espontáneamente de lo inconsciente contenidos que la conciencia no puede asimilar. En casos de la última índole falla la hipótesis de la represión. Además, en la vida cotidiana puede observarse la autonomía, en los efectos que, contra nuestra voluntad y nues¬tras tentativas de represión más esforzadas, empujan obstinadamente e, inundando al yo, lo ponen bajo su voluntad. No es de admirarse, por lo tanto, que el primitivo vea en eso una posesión, o la migración de un alma, pues también nuestro lenguaje lo hace todavía: “No sé qué le ha entrado hoy"; "está llevado por el diablo"; "lo tiene de nuevo"; "se pone fuera de sí"; "se comporta como un poseso". Hasta la prác¬tica legal reconoce una disminución parcial de la responsabi¬lidad durante el estado pasional. Los contenidos anímicos autónomos nos son, en consecuencia, una experiencia por entero corriente. Tales contenidos tienen sobre la conciencia un efecto explosivo.
(…)Tales sistemas parciales se hallan sobre todo en las enfermedades mentales, en las decisiones psicógenas de la personalidad (per¬sonalidad doble) y muy comúnmente en los fenómenos mediúmnicos. Puede hallárselos asimismo en los fenómenos reli¬giosos. Por lo tanto, muchos de los que antes eran dioses han pasado de ser personas a ser ideas personificadas y, finalmente, a ideas abstractas, pues los contenidos inconscientes vivificados aparecen siempre primero como proyectados hacia fuera y, en el transcurso del desarrollo espiritual, son paulatinamente asimilados, vía proyección espacial, por la conciencia y refor¬mados en ideas conscientes, que pierden entonces su carácter originalmente autónomo y personal.
(…)Si las tendencias a la escisión no fueran cualidades inhe¬rentes a la psique humana, absolutamente nunca se hubieran escindido los sistemas parciales; en otras palabras, jamás hubieran existido dioses o espíritus. Por eso, a causa del culto exclusivo de la conciencia, nuestros tiempos son en tan alto grado impíos y profanos. Nuestra verdadera religión es un monoteísmo de la conciencia, una posesión por la conciencia, con una fanática negación de la existencia de sistemas parciales autónomos. Nos diferenciamos empero de las enseñan¬zas del yoga budista porque negamos hasta la calidad de experimentable de los sistemas parciales. En eso hay un gran peligro psíquico, pues entonces los sistemas parciales se comportan como cualquier contenido reprimido: producen compulsiva¬mente actitudes falsas, puesto que lo reprimido asoma de nuevo en la conciencia bajo la forma inapropiada. Este hecho, que salta a la vista en cada caso de neurosis, vale también para los fe¬nómenos psíquicos colectivos. Nuestro tiempo incurre a ese respecto en un error fatal: cree, en efecto, poder criticar intelectualmente los hechos religiosos.
(…)El efecto existe constantemente de manera colectiva, los sis¬temas autónomos actúan sin cesar, pues la estructura funda¬mental de lo inconsciente no es conmovida por las indeci¬siones de una conciencia transitoria. Si se niega los sistemas parciales, imaginando que se los anula mediante la crítica del nombre, no se puede entonces comprender más su efecto, que sigue existiendo a pesar de eso, ni tampoco asimilarlos más a la conciencia. Pasan entonces a ser un inexplicable factor de perturbación, el que finalmente se supone en algún lugar ex¬terno. Sobreviene con eso una proyección de los sistemas par¬ciales y, al mismo tiempo, se crea una situación peligrosa, pues los efectos perturbadores se atribuyen ahora a una mala vo¬luntad exterior (…)
La locura es una posesión por un contenido inconsciente que, como tal, no es asimilado a la conciencia. Y porque la conciencia niega la existencia de tales contenidos, tampoco los puede asimilar. Expresado de manera religiosa: no se tiene ya ningún temor de Dios} y se da a entender que todo sea libra¬do a la medida humana. Esta Hybris, o sea, estrechez de conciencia, es siempre el camino más corto al asilo de alienados.
(…)Más bien debe conmover simpáticamente al europeo ilus¬trado el que en el Huí Ming King se diga: "Las figuras for¬madas por medio del fuego del espíritu son sólo colores y formas vacíos." Eso suena por entero a europeo y parece casar excelentemente con nuestra razón; en verdad, opinamos que debemos sentirnos halagados de haber alcanzado ya esas alturas de la claridad, pues parece uno haber dejado tras sí hace tiempo tales fantasmas de dioses. Pero lo que hemos superado son sólo los fantasmas de las palabras, no los hechos psíquicos que fue¬ran responsables del nacimiento de los dioses. Estamos todavía exactamente tan poseídos por nuestros contenidos anímicos autónomos como si éstos fueran dioses. Ahora se los llama fobias, obsesiones, etc.; brevemente, síntomas neuróticos. Los dioses han pasado a ser enfermedades, y Zeus no rige más el Olimpo, sino el plexus solarís y ocasiona curiosidades para la consulta médica, o perturba el cerebro de políticos y periodistas quienes, involuntariamente, desencadenan epidemias psíquicas.

Por lo tanto, es mejor para el hombre occidental que no sepa al pronto demasiado acerca de la secreta penetración de los sabios orientales, pues sería "el medio correcto en manos del hombre erróneo". (…) Debiera de aprender a reconocer de nuevo esas potencias psíquicas, y no esperar hasta que sus humores, nerviosidades o ideas delirantes le aclaren, de la manera más dolorosa, que no es el único señor en su casa. Las tendencias de escisión son personalidades psíquicas efectivas de realidad relativa. Son reales cuando no se las reconoce como reales y son por lo tanto proyectadas; relativamente reales cuando están en vinculación con la concien¬cia (expresado de manera religiosa: cuando existe un culto); irreales, empero, en la medida que la conciencia comienza a separarse de sus contenidos. Pero lo último es el caso tan sólo cuando la vida ha sido vivida tan exhaustivamente y con tal devoción que no existe ya ninguna obligación vital absoluta y, por ende, ninguna exigencia que no pueda ser sacrificada sin reflexión, se halle ya en el camino de la superioridad in¬terna sobre el mundo. De nada sirve mentirse a ese respecto. Donde todavía se está detenido, aún se está poseso. Y si se está poseso, aún existe algo más fuerte, que lo posee a uno. ("En verdad os digo que de ahí no saldrás hasta no haber pagado el último céntimo".) No es del todo indiferente que, se designe algo como una "manía" o como un "dios". Estar al servicio de una manía es reprobable e indigno; en cambio, servir a un dios es, a causa de la sumisión a algo más alto in¬visible y espiritual, significativamente más pleno de sentido y, al par, más rico en perspectivas, puesto que la personifi¬cación ocasiona ya la realidad relativa de los sistemas parciales autónomos y, con ello, la posibilidad de la asimilación y de la "irrealización" de las potencias de la vida.

"El secreto de la Flor de Oro" - Carl Jung

14/4/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 3 / El movimiento circular y el centro.

La unión de los opuestos5 sobre un nivel más elevado no es, como ya se destacó, ningún asunto racional, y tampoco cosa del querer, sino un proceso de desarrollo psíquico que se expresa en símbolos. Históricamente fue siempre representa-; do por símbolos y aún hoy se manifiesta en el desarrollo individual de la personalidad a través de figuras simbólicas. Ese hecho resultó, para mí, de las siguientes experiencias: las fan¬tasías espontáneas, de las que tratamos más arriba, se ahondan y concentran paulatinamente en imágenes abstractas que apa¬rentemente representan "principios", verdaderos arcbai gnós¬ticos. Cuando las fantasías son principalmente expresadas co¬mo pensamientos, entran en escena formulaciones intuitivas de leyes o principios oscuramente presentidos, que de in¬mediato son dramatizados o personificados. (De esto habre¬mos de tratar todavía más abajo.) Si las fantasías son dibu¬jadas, surgen símbolos que pertenecen principalmente al tipo llamado mándala. Mándala quiere decir círculo, en especial círculo mágico. No sólo están los mándalas expandidos por todo el Oriente, sino que también entre nosotros se hallan abundantemente atestiguados durante la Edad Media. Los cris¬tianos especialmente han de ser situados a principios de la Edad Media, en su mayor parte con Cristo en el centro y los cuatro evangelistas, o sus símbolos, en los puntos cardinales. Esta concepción debe ser muy antigua, puesto que también es representado así por los egipcios Horus con sus cuatro hi¬jos (Horus con sus cuatro hijos tiene, como se sabe, relacio¬nes muy próximas con Cristo y los cuatro evangelistas.) Más tarde encontramos un evidente mándala, altamente interesan¬te, en el libro de Jakob Boehme sobre el alma. Es enteramente visible allí que se trata de un sistema psicocósmico con una fuerte trama cristiana. Lo llama él "el ojo filosófico" 7 o "el espejo de la sabiduría", con lo que se da a entender manifiestamente una summma del saber secreto. En su mayor parte, los mándalas tienen forma de flor, cruz o rueda, con una clara propensión al cuatro, que recuerda la tetraktys pitagórica, el número básico. Se hallan también tales mándalas, como di¬seños en arena para usos rituales, entre los indios pueblos8.
El Este posee naturalmente los más bellos mándalas, en espe¬cial el budismo tibetano. En estos mándalas están representados los símbolos de nuestro texto. He encontrado asimismo dibu¬jos mandálicos entre enfermos mentales, y por cierto entre gente que, con seguridad, no tiene la menor idea de las vin¬culaciones aquí mencionadas 9.
Entre mis pacientes he observado algunos casos de señoras que no dibujaban los mándalas, sino que los bailaban. Para eso existe en la India el término mándala nritya = danza mándala. Las figuras de la danza expresan idéntico significado que los dibujos. Los pacientes mismos poco pueden declarar acerca del sentido de los símbolos mandálicos. Solamente son fascinados por ellos y de alguna manera los hallan, con respecto al estado anímico subjetivo, plenos de expresión y efecto.
Nuestro texto promete "revelar el secreto de la Flor de Oro del gran Uno". La Flor de Oro es la Luz, y la Luz del Cielo es Tao. La Flor de Oro es un símbolo mandálico con el que me he encontrado a menudo entre mis pacientes. Es dibu¬jada ya en vista general, en consecuencia como un ornamento geométrico regular, ya también en vista particular como flor que crece de una planta. La planta es, a menudo, una imagen en colores luminosos ígneos, que crece de una oscuridad sub¬yacente, y lleva encima la Flor de Luz (un símbolo similar al árbol de Navidad). En tal dibujo se expresa simultáneamente el origen de la Flor de Oro, pues según el Huí Ming King se halla ahí la "vesícula germinal", que no es otra cosa que el "Castillo Amarillo", la "terraza de la vitalidad", el "campo de una pulgada de la casa de un pie", la "sala purpúrea de la ciudad de jade>s? el "oscuro desfiladero", el "espacio del Cielo anterior", el "castillo del dragón sobre el fondo del mar". También es llamada "la zona limítrofe de las montañas de nieve", el "desfiladero primordial", el "reino del supremo go¬ce", la "tierra sin límites" y el "altar donde son producidos conciencia y vida", "Cuando un muriente no conoce este lugar germinal", dice el Hni Ming King, "no encontrará la unidad de conciencia y vida en mil nacimientos y diez mil eras del mundo".
El principio, en el que todavía todo es uno, y que por ende aparece como la más alta meta, yace sobre el fondo del mar, en la oscuridad de lo inconsciente. En la vesícula germinal conciencia y vida (o "esencia" y "vida" = sing — ming) son todavía "una unidad" 10, "inseparablemente mezcladas como la simiente del fuego en el horno de refinar". "Dentro de la vesícula germinal está el fuego del soberano". "En la vesícula germinal han comenzado su trabajo todos los sabios". Adviér¬tanse las analogías relativas al fuego. Conozco una serie de dibujos mandálicos europeos donde algo así como una simiente vegetal, rodeada por envolturas, nada en agua penetrando en ella el fuego desde las profundidades, lo que genera crecimien¬to y causa de tal modo el nacimiento de una gran flor de oro, que crece de la vesícula germinal .
Esa simbólica se refiere a una especie de proceso alquímico de refinación y ennoblecimiento; lo oscuro da nacimiento a la luz, del "plomo de la región del agua" crece el oro noble, lo inconsciente se hace consciente bajo la forma de un proceso de vida o crecimiento. (Una analogía completa de esto es el yoga Kundalini de la India n.) Resulta de tal manera la re¬unión de conciencia y vida.
Cuando mis pacientes esbozan tales imágenes, ello no ocu¬rre naturalmente por sugestión, pues tales imágenes fueron hechas antes de que me fuera conocido su significado o su relación con las prácticas del Este, que entonces ignoraba yo por completo. Nacían en forma enteramente espontánea, y de dos fuentes. Una fuente es lo inconsciente, que engendra tales fantasías espontáneamente; la otra fuente es la vida, que vi¬vida con la devoción más plena da un presentimiento del sí mismo, de la esencia individual. La percepción de la última fuente se expresa en el dibujo; la primera fuente obliga a un darse a la vida. Pues, totalmente en concordancia con la con¬cepción oriental, el símbolo mandálico no sólo es expresión sino que también tiene efecto. Reacciona sobre su autor. An¬tiquísimos efectos mágicos se asocian con ese símbolo, pues desciende originalmente del "círculo protector", del "circulo encantado", cuya magia se ha conservado en innumerables usos populares 32. La imagen tiene el objeto manifiesto de tra¬zar un sulcus primigenius, un surco mágico alrededor del cen¬tro, el templum o el témenos (recinto sacro) de la personali¬dad más íntima para impedir la "efluxión" o rechazar apotropéyicamente la distracción por lo externo. Las prácticas mágicas no son otra cosa que proyecciones del acontecer aní¬mico, que hallan aquí su reaplicación sobre el alma, obrando como una especie de encantamiento de la propia personalidad; es decir, un retrotraer, sostenido y facilitado por medio del
< proceder gráfico, de la atención o, mejor dicho, de la parti¬cipación, a un recinto sacro interno que es origen y meta del alma, y que contiene esa unidad de vida y conciencia primero tenida, perdida luego y que ha de encontrarse nuevamente. La unidad de ambas es Tao, cuyo símbolo sería la luz blanca central (de manera similar al Bardo Todol13). Esa luz reside en la ''pulgada cuadrada" o en la "cara", es decir, entre los ojos. Es la manifestación del "punto creativo", una inten¬sidad inextensa, pensada en conjunto con el espacio de la "pulgada cuadrada", con el símbolo de lo extenso. Ambos juntos es Tao. Esencia o conciencia (sing) tienen símbolos lumínicos, son por lo tanto intensidad. En consecuencia, vida (ming) coincidiría con extensión. La primera tiene carácter Yang y la segunda Ying. En la más completa analogía con la idea fundamental china, el mándala arriba citado, de una joven sonámbula de quince años y medio a quien traté hace más de treinta años, muestra en el centro una inextensa "fuente de fuerza vital", que en su emanación se topa de manera inmediata con un principio opuesto, espacial.
El Acercamiento", o circumambulatio, se expresa en nues¬tro texto por la idea del "curso circular". El curso circular no es meramente movimiento circular, sino que tiene por un lado el significado de un aislamiento del recinto sacro, y por el otro el de fijar y concentrar; la rueda solar comienza a correr, es decir, el sol es vivificado y comienza su carrera; en otras palabras, Tao comienza a actuar y a asumir Ja conducción.
El hacer se trueca en no-hacer, esto es, todo lo periférico es subordinado al comando de lo central; por lo tanto se dice: ^"Movimiento es otro nombre para dominación,?> Psicológica¬mente, ese curso circular sería un "dar vueltas en círculo en torno a sí mismo", con lo cual evidentemente quedan impli¬cados todos los aspectos de la personalidad. "Los polos de lo luminoso y de lo oscuro son puestos en movimiento circular", o sea, surge una alternancia de día y noche.
"Alterna la lucidez del Paraíso Con la noche profunda, plena de terrores."
(GOETHE)
Según eso, el movimiento circular tiene también el signi¬ficado moral de la vivificación de todas las fuerzas lúcidas y oscuras de la naturaleza humana y, con ello, de todos los opuestos psicológicos de cualquier índole que sean. Lo cual no significa otra cosa que el autoconocimiento a través de la auto-incubación (índico: tapas}. Una presentación primitiva se¬mejante del ser perfecto es el hombre platónico, redondo por todos lados, en el que también los sexos están unificados.
(…)
Por regla, el fenómeno es espontáneo; viene y va según su propio impulso. Su efecto es asombroso, por cuanto casi siem¬pre produce una solución de las complicaciones anímicas y, con ello, un desligamiento de la personalidad interna respecto de enredos emocionales e ideológicos; de ese modo crea una unidad del ser que comúnmente se experimenta como "libe¬ración".
La voluntad consciente no puede alcanzar tal unidad sim¬bólica, pues la conciencia es, en este caso, parte. El opositor es lo inconsciente colectivo, que no entiende ningún lenguaje de la conciencia. Por lo tanto, se tiene necesidad de símbolos "mágicamente" efectivos, que contengan aquellos analogismos primitivos que hablan a lo inconsciente. Sólo mediante el sí ni- bolo puede lo inconsciente ser alcanzado y expresado, por cuyo motivo jamás podrá la individuación abstenerse de sím¬bolos. El símbolo es por un lado la expresión primitiva de lo inconsciente y, por el otro, una idea que corresponde al más alto presentimiento que le sea dado a la conciencia.
El más antiguo de los dibujos m andálicos que conozco es una llamada "rueda solar" paleolítica, que fue descubierta en Rhodesia. Está basada, de igual manera, en el nú¬mero cuatro. Cosas que llegan tan hacia atrás en la historia de la humanidad tocan, naturalmente, las capas más profun¬das de lo inconsciente, y posibilitan asirlas donde el lenguaje consciente se muestra como totalmente impotente. Tales cosas no pueden ser creadas por el pensamiento, sino que deben crecer de nuevo hacía arriba desde la oscura profundidad del olvido, para expresar los presentimientos supremos de la con¬ciencia y la intuición más alta del espíritu y, así, fundir en lino la unicidad de la conciencia actual con el primitivo pasado de la vida.


"El secreto de la Flor de Oro" - Carl G. Jung

27/3/09

SECRETOS DE LA FLOR DE ORO 4 / TAO

La enorme dificultad que presenta la traducción de este texto y otros similares consiste en que el autor chino parte siempre de lo central, es decir, de lo que designaríamos como cima, meta o penetración más profunda y última; algo, en consecuencia, de tal manera pretenso, que un hombre con in¬telecto crítico tendría la sensación de hablar con arrogancia ridícula o pura insensatez si se animara a pronunciar un dis¬curso intelectual sobre las experiencias anímicas más sutiles de los más grandes espíritus del Este. Así, nuestro texto comienza: "Lo que es por sí «mismo se llama Tao". Y el Huí Ming King empieza con las palabras: "La esencia y la vida son el más fino secreto de Tao". Es característico del espíritu occidental que no posea absolutamente ningún concepto para Tao. El signo chino para Tao está compuesto del signo para "cabeza" y del signo para "ir". Wilhelm traduce Tao por "sentido", otros por "camino", por ^providencia" y hasta, como jesuitas, por "Dios". Esto muestra la dificultad.
"Cabeza" podría indicar la conciencia(2), "ir" el "dejar ca¬mino atrás". Según esto la idea sería: "ir consciente" o "ca¬mino consciente". Concuerda con ello que se emplee como si¬nónimo de Tao a la "Luz del Cielo" que, como "Corazón del Cielo", "mora entre los ojos". Esencia y vida están contenidas en la Luz del Cielo y son, según Liu Hua Yang, los secretos más importantes de Tao. Ahora bien, la "Luz" es el equivalente simbólico de la conciencia, y la naturaleza de la conciencia es expresada por analogía con la luz. El Huí Ming King es in¬troducido por los versos:
"Si quieres consumar sin efluxioncs el cuerpo diamantino, debes calentar expresamente la raíz de la conciencia. 3 Debes iluminar la tierra beatífica, constantemente próxima, y ahí dejar siempre residir oculto tu verdadero yo".
Estos versos contienen una especie de instrucción alquímica, un método o un camino para la generación del "cuerpo diamantino" que es también dado a entender en nuestro texto. A ese fin se tiene necesidad de un "calentamiento", o sea, una elevación de la conciencia, para que sea "iluminada" la morada de la esencia espiritual. Sin embargo, no sólo la conciencia, sino también la vida, debe ser elevada. La unión de ambas produce "vida consciente". Según el Huí Ming King los antiguos sabios sabían cómo suprimir la separación entre conciencia y vida, pues cultivaban a las dos. De esta manera se "hace fundir la Schéli (el cuerpo inmortal) y así se "consuma el gran Tao".
Guando concebimos a Tao como método o como camino consciente, que ha de unir lo separado, puede que hayamos llegado bien cerca del tenor psicológico del concepto. De to¬das maneras no se puede entender, como separación de conciencia y vida, sino lo que más arriba llamé desviación o desarrai¬gamiento de la conciencia. Se trata también sin duda, en cuanto a la cuestión de conciencializar los opuestos, de la "reversión", de una nueva unificación con las leyes de la vida inconscientes, y el objeto de esa unificación es el logro de vida consciente; expresado a la manera china: producción de Tao.

1 Comparar Liu Hua Yang: Huí Ming King. Das Bnch ron Bcwssfscin muí
Lcbcií. Chinesisohc Bláttcr, Vol. 1, parte 3, editado por R. Wilhelm.
2 La cabeza es asimismo la "sede de la Luz del Ciclo".

17/3/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 1 / Introducción

“La ciencia es la herramienta del espíritu occidental, y puede abrirse con ellas más puertas que con las manos desnudas. Forma parte de nuestra comprensión, y oscurece la penetración sólo cuando toma la concepción que ella permite por el total de la concepción. Es, sin embargo, justamente el Este el que nos enseña una concepción distinta, más amplia, más profunda y más elevada, o sea la concepción mediante el vivir. A esta última realmente sólo se la conoce todavía pálidamente como un sentimiento desnudo, casi fantasmal, del modo de expresión religiosa, a consecuencia de lo cual se coloca también entre comillas, con placer, el “saber” oriental y se lo exila al oscuro campo de las creencias y supersticiones. Con eso, empero, queda totalmente mal entendida la “objetividad” oriental. No consiste en presentimientos sentimentales, místicamente excedidos, rayanos en lo enfermizo, de habitantes de un mundo aparte y de desequilibrados, sino de penetrantes concepciones prácticas de la flor de inteligencia china, a la que no tenemos ningún motivo de subestimar.”

“Un antiguo adepto dijo. “Pero si el hombre erróneo usa el medio correcto, el medio correcto actúa erróneamente.” Ese proverbio de la sabiduría china, por desgracia tan sólo demasiado cierto, está en abrupto contraste con nuestra creencia en el método “correcto”, independientemente del hombre que lo emplea. En verdad, todo depende, en esas cosas, del hombre, y poco o nada del método. El método es ciertamente el camino y la dirección que uno toma, mediante lo cual el cómo de su obrar es la fiel expresión de su ser.”

“No se trata de imitar, y hasta de evangelizar, inorgánicamente lo foráneo, sino de reconstruir la cultura occidental, que padece de mil males. Y ello debe hacerse en el lugar adecuado; y a ello ha de llevarse al hombre europeo con su trivialidad occidental, con sus problemas matrimoniales, sus neurosis, sus ilusorias ideas sociales y políticas, y con su completa desorientación el lo que respecta al modo de considerar el mundo.”

“¿Ha de sospecharse en fin que ese enfoque anímico, que posibilita dirigir la vista de tal modo hacia adentro, puede ser sólo desligado así del mundo porque aquéllos hombres colmaron de tal manera las exigencias instintivas de su naturaleza que poco o nada les impide percibir la esencia invisible del mundo? ¿Ha de ser quizás condición de tal mirar la liberación de esos apetitos y ambiciones y pasiones que nos detienen en lo visible, y ha de resultar esta liberación precisamente de una satisfacción plena de sentido de las exigencias instintivas, y no de su represión prematura y nacida de la angustia? ¿Quedará quizás libre la mirada para lo espiritual cuando la ley de la tierra sea observada?”

“Para nuestra característica cultura del espíritu cristiano lo positivo y digno del esfuerzo de la búsqueda, fue, durante la mayor parte del tiempo, simplemente el espíritu, y la pasión del espíritu. Sólo cuando, en el ocaso de la Edad Media, es decir, durante el curso del siglo XIX, el espíritu comenzó a degenerar en intelecto, surgió una reacción contra el insoportable predominio del intelectualismo, que cometió en primer lugar la falta, por cierto perdonable, de confundir intelecto con espíritu y acusar a éste de los delitos de aquél (Klages). El intelecto es, efectivamente, nocivo para el alma cuando se permite la osadía de querer entrar en posesión de la herencia del espíritu, para lo que no está capacitado bajo ningún aspecto, ya que el espíritu es algo más alto que el intelecto puesto que no sólo abarca a éste sino también a los estados efectivos. Es una dirección y un principio de vida que aspira a alturas luminosas, sobrehumanas. Le está, empero, opuesto lo femenino, oscuro, terrenal (Yin), con su emocionalidad e instintividad extendiéndose hacia abajo, hacia las profundidades del tiempo y las raíces de la continuidad corporal.”

“La China (...) no se ha alejado tanto (...) de los hechos centrales del alma como para haberlos perdido en la exageración y sobreestimación unilateral de una única función psíquica. Por lo tanto, nunca dejó de reconocer la paradoja y la polaridad de lo viviente. Los opuestos siempre se equilibran (un signo de alta cultura; mientras que la unilateralidad, aunque presta siempre impulso, es por ello un signo de barbarie). No puedo considerar la reacción que surge en Occidente contra el intelecto, a favor de Eros o a favor de la intuición, de otra manera que como un signo de progreso cultural, una ampliación de la conciencia por encima y más allá de los confines demasiado angostos de un intelecto tiránico.”

“En general, y visto desde la posición incurablemente externa del intelecto, ha de parecer como si lo que el Este valora tan extremadamente no fuera para nosotros nada apetecible.
Por cierto que el mero intelecto no puede comprender de inmediato qué importancia práctica podrían tener para nosotros las ideas orientales, por cuyo motivo sólo sabe clasificarlas como curiosidades filosóficas y etnológicas.”



Párrafos extraídos de:

“El secreto de la flor de oro”
Carl Gustav Jung - Richard Wilhelm
Ed. Paidós, México, 1989.

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 2 / La psicología moderna


(...) Wilhelm, el excelente conocedor del alma de China, me ha confirmado (...) la coincidencia de escribir sobre un texto (1) chino que, según toda su sustancia, pertenece ala misteriosa oscuridad del espíritu oriental. Sin embargo, su contenido es al mismo tiempo –y eso es lo extraordinariamente importante- un viviente paralelo de lo que ocurre durante el desarrollo anímico de mis pacientes, ninguno de los cuales es chino.

(...) así como el cuerpo humano muestra una anatomía general por encima y más allá de todas las diferencias raciales, también la psique posee un sustrato general que trasciende todas las diferencias de cultura y conciencia, al que he designado como lo inconciente colectivo.

(...)

Sobre tal base se explica la analogía y hasta la identidad, de los temas míticos y de los símbolos, y la posibilidad de la comprensión humana en general.

(...)

Se trata –tomado de manera puramente psicológica- de comunes instintos de representación (imaginación) y de acción.

(...)

El chino sabio diría, con las palabras del I Ging (2), que cuando Yang ha alcanzado su máxima fuerza va a nacer en su interior el oscuro poder de Yin, pues al mediodía comienza la noche y Yang se rompe y cambia en Yin.

(...)

Sea como se quiera, es un hecho de todos modos el que la necesaria unilateralidad aleja tanto a la conciencia de las imágenes primordiales, que sigue el colapso. Y ya mucho antes de la catástrofe se anuncian los signos del error, como falta de instintos, como nerviosidad, como desorientación, como enredo en situaciones y problemas imposibles, etc.

(...)

Quien desdeña tanto una cosa como otra se halla ante la pregunta de dónde está pues la unidad, necesariamente tan exigida, de la personalidad, y puesto ante la necesidad de buscarla. Y aquí comienza ahora aquel camino que fuera en el Oriente recorrido desde tiempos inmemoriales, evidentemente como resultado del hecho de que el chino nunca estuvo en posición de apartar tanto uno de otro los opuestos de la naturaleza humana como para que se perdieran recíprocamente de vista, hasta la inconciencia. (...) no podía menos que sentir la colisión de los opuestos y, en consecuencia, investigar aquel camino por el que podría llegar a ser lo que los hindúes llaman nirvandva (3), es decir, libre de opuestos.


(1) Jung ha escrito, junto a Wilhelm, el prólogo del I Chin.
(2) Léase I Chin
(3) Nirvana
(...) No es posible acentuar demasiado el hecho de que no somos orientales, y que por lo tanto en estas cosas partimos de una base totalmente distinta.

(...) Nada sería más erróneo que querer emprender ese camino con los neuróticos cuya enfermedad obedece a un predominio indebido de lo inconsciente. Precisamente también por la misma razón, apenas si tiene algún sentido ese camino de desarrollo antes de la mitad de la vida (normalmente entre treinta y cinco y cuarenta años), y hasta puede ser sobremanera nocivo.

(...) Todo hombre debiera realmente poseer, al menos como germen, ese nivel superior, y poder desarrollar esa posibilidad bajo circunstancias favorables. Cuando contemplé la senda de desarrollo de aquellos que, sencillamente, como de modo inconsciente, se sobrepasan a sí mismos, vi que sus destinos tenían algo en común: lo nuevo se les aproximaba desde fuera o desde dentro surgiendo del oscuro campo de las posibilidades, lo aceptaban y, con ello, crecían en altura. Me pareció ser típico que uno lo tomara de fuera y otro lo tomara de dentro o, más bien, que creciese en uno desde fuera y en otro desde dentro. Jamás fue lo nuevo, sin embargo, una cosa solamente de fuera o solamente de dentro. Si venía de fuera, se hacía intimísima vivencia. Si venía de dentro, se hacía suceso externo. Nunca fue tampoco producido a propósito y por quererlo conscientemente, sino que más bien arribó fluyendo en el correr del tiempo.

(...) Y ¿qué hicieron esos hombres para obtener el progreso redentor? Hasta donde puedo yo ver, no hicieron nada (Wu Wei) sino que dejaron suceder, como lo señala el Maestro Lü Dsu, pues la Luz circula según su propia ley si uno no abandona su habitual vocación. El dejar ocurrir, el hacer en el no-hacer, el “dejarse” de Meister Eckart, me sirvieron de llave con la que logré abrir la puerta del Camino: Debe poderse dejar suceder psíquicamente. Esto es para nosotros un verdadero arte, del que nada comprende la multitud de la gente por cuanto su conciencia interfiere permanentemente, ayudando, corrigiendo y negando, y, de cualquier manera, no dejando en paz al mero existir del proceso psíquico.

(...) En el espasmo de conciencia de alto grado, a menudo sólo pueden fantasear las manos; modelan o dibujan formas que con frecuencia son totalmente extrañas a la conciencia. Estos ejercicios deben ser continuados hasta que desaparece el espasmo de conciencia, hasta que, en otras palabras, se pueda dejar acontecer, lo que es el objetivo más inmediato del ejercicio. Es creada así una actitud nueva, que acepta también lo irracional e inconcebible, simplemente porque es lo que está aconteciendo.

(...) Todo lo bueno es costoso, y el desarrollo de la personalidad pertenece a las cosas más caras. Se trata de decirse sí a sí mismo –proponerse a sí mismo como la más seria de las tareas y permanecer continuamente consciente de lo que se hace y mantenerlo en todos sus aspectos dudosos siempre ante los ojos-, una tarea, en verdad que llega a la médula.
“El secreto de la flor de oro”
(Introducción)
Carl Gustav Jung - Richard Wilhelm
Ed. Paidós, México, 1989.

5/10/08

CUADRATURA DEL CÍRCULO

Los antiguos mesopotámicos, para conocer el área de un círculo lo situa­ban entre dos cuadrados. La idea de identificar el círculo y el cuadrado se verificó también por la rotación del cuadrado. Pero no se trata, en el aspecto a que nos referimos, de un problema matemático, sino de un problema sim­bólico. La «cuadratura del círculo», como el lapis o el aurum philosophicum, constituyó la preocupación de los alquimistas, pero mientras estos últimos símbolos se referían más bien a la finalidad evolutiva del espíritu, el primero concernía a la identificación de los dos grandes símbolos cósmicos: el del cielo (círculo) y el de la tierra (cuadrado). Es, pues, una coincidencia de los dos contrarios, pero no entendida como yuxtaposición o coniunctio (cual el trazo vertical y horizontal forman la cruz), sino como identificación y anula­ción de los dos componentes en síntesis superior. Correspondiendo el cuadra­do a los cuatro elementos, en el significado de la «cuadratura del círculo» que, en realidad, no debiera denominarse así, sino «circulación del cuadrado», se trataba de obtener la unidad de lo material (y de la vida espiritual) por en­cima de las diferencias y oposiciones (orientaciones) del cuatro y del cuadrado. Otro procedimiento para obtener un ersatz de «cuadratura» fue re­fundir los dos cuadrados en cuyo interior se inscribía el círculo, lo que da por resultado un octógono. El octógono puede considerarse, en efecto, geo­métrica y simbólicamente como el estado intermedio de una forma entre el cuadrado y el círculo. Por esto no simbolizó nunca el opus (es decir, el lo­gro místico de la identificación de contrarios), pero sí la vía de purificación del cuatro y el cuadrado (tierra, elemento femenino, materia, razón) para alcanzar el círculo (perfección, eternidad, espíritu). Por esta causa, muchos baptisterios y cimborrios de la Edad Media son de planta octogonal.


“Diccionario de símbolos”
Juan Eduardo Cirlot





CUADRADO

El cuadrado es la expresión geométrica de la cuaternidad, es decir, de la combinación y ordenación regular de cuatro elementos. Por ello mismo, corresponde al simbolismo del número cuatro y a todas las divisiones tetra-partitas de procesos cualesquiera. Su carácter estático y severo, desde el ángulo de la psicología de la forma, explica su utilización tan frecuente en cuanto signifique organización y construcción. Según Jung, el orden cuater­nario de los cursos y formas tiene más valor que el ternario. Sea esto cierto o no, lo que sí es verdad es que, frente al dinamismo general de los números (y las formas geométricas) impares (tres, cinco, triángulo, pentágono), los pares (cuatro, seis, ocho, cuadrado, hexágono, octógono) aparecen como está­ticos, firmes y definidos. De ahí que el modelo ternario sirva más para la explicación de la actividad y el dinamismo (o de lo espiritual puro), mien­tras el modelo cuaternario alude con mayor firmeza a lo material (o intelec­tual racionalista). Los cuatro elementos, las cuatro estaciones, las cuatro edades de la vida, pero sobre todo los cuatro puntos cardinales suministran orden y fijeza al mundo. Esto no impide el carácter femenino que suele atribuirse (tradiciones china, hindú, etc.) al cuadrado, como símbolo prefe­rente de la tierra, en oposición al carácter masculino que se advierte en el circulo (y el triángulo) (32). En el sistema jeroglífico egipcio, el cuadrado significa realización, y la espiral cuadrada, energía constructiva y materiali­zada (19). Sin embargo, el cuadrado colocado sobre uno de sus ángulos ad­quiere un sentido dinámico por entero distinto, que implica un cambio de su significado simbólico. En el período románico se utilizaba ese cuadrado como símbolo solar, asimilándolo al círculo (51).

“Diccionario de símbolos”
Juan Eduardo Cirlot

CIRCULO

A veces se confunde con la circunferencia, como ésta con el movimiento circular. Pero aunque el sentido más general engloba los tres aspectos, hay determinaciones particulares que importa destacar. El círculo o disco es, con frecuencia, emblema solar (indiscutiblemente cuando está rodeado de rayos). También tiene correspondencia con el número 10 (retorno a la uni­dad tras la multiplicidad) (49), por lo que simboliza en muchas ocasiones el cielo y la perfección (4) o también la eternidad (20). Hay una implicación psicológica profunda en este significado del círculo como perfección. Por ello dice Jung que el cuadrado, como número plural mínimo, representa el estado pluralista del hombre que no ha alcanzado la unidad interior (perfección), mientras el círculo correspondería a dicha etapa final. El octógono es el estadio intermedio entre el cuadrado y el círculo. La relación del círculo y el cuadrado es frecuentísima en el mundo de la morfología espiritual universal, pero especialmente en los mándalas de la India y el Tíbet o en los emblemas chinos. Efectivamente, según Chochod. en China, la actividad, el principio masculino (yang), se representa por un círculo blanco (cielo), mientras la pasividad, el- principio femenino (Yin), es figurado como cuadrado negro (tierra). Los círculos blancos corresponden a la energía e influjos celestes; los cuadrados negros, a los impulsos telúricos. El dualismo, en su interacción, es representado por el famoso símbolo del Yang-Yin, círculo dividido por una línea sigmoidea que cruza a manera de diámetro y determina dos zonas iguales; la blanca (Yang) tiene un punto negro en su interior. La negra (Yin) tiene un punto blanco. Estos dos puntitos significan que en lo masculino hay siempre algo de femenino, e inversamente. La línea sigmoidea simboliza el movimiento de comunicación y establece, como la esvástica, el sentido de una rotación ideal que convierte en dinámicas y complementarias las cua­lidades del símbolo bipartido. Esta ley de la polaridad ha sido muy desa­rrollada por los filósofos chinos, quienes han derivado del símbolo descrito una serie de principios de indudable valor, por lo que los transcribimos: a) La cantidad de energía distribuida en el universo es invariable, b) Con­siste en la suma de dos cantidades iguales de energía de signos contrarios; una de signo positivo y activa; otra de signo negativo y receptiva, c) Los fenómenos cósmicos se hallan caracterizados en su naturaleza por las pro­porciones en que intervienen los dos modos energéticos que las producen. En los doce meses del año — por ejemplo — hay una cantidad total de energía constituida por seis partes de Yang y seis de Yin, en proporción varia­ble (13). Hemos de señalar también la relación entre el círculo y la esfera, símbolo de la totalidad.


“Diccionario de símbolos”
Juan Eduardo Cirlot