11/8/10

EL GRAN CICLO DEL MANDALA / 2010

El siguiente gran ciclo del mandala proviene de la consulta de la terapeuta del arte estadounidense, Jon Kellogg, que desde hace años trabaja con mandalas. Contiene doce prototipos de mandalas, que representan cada una de las relaciones entre el Yo conciente y el Yo inconciente, y marcan una fase importante del desarrollo de la personalidad. Cada uno de nosotros la experimenta a lo largo de su vida.

Si compara las formas de los mandalas que pinta, o de los que más adelante creará usted mismo, con el gran ciclo observará cómo es la relación actual entre su Yo conciente y su Yo inconciente. Así podrá controlar su proceso de desarrollo anímico y aplicar sus fuerzas concientemente.

1. El vacío

El vacío pertenece a las reminiscencias primigenias del ser humano anteriores al nacimiento. Con frecuencia, el vacío aparece en el centro del mandala como un espacio blanco y brillante. En esta fase se forman las contradicciones: el negro se separa del blanco, el claro del oscuro y el masculino del femenino. Estas parejas de opuestos son los elementos que determinan el mundo material.

Durante la meditación profunda se puede alcanzar el estado de vacío en el que reina una unidad y totalidad perfectas. Significa liberación, salvación, pero también libertad y amor incondicional. Existe otro estado de vacío, el que experimenta el ser humano cuando, después de su nacimiento, empieza a desarrollar su personalidad. En este punto, el espíritu, que es conciente de sí mismo, contacta con la materia, es decir, con la Tierra. Aquí empieza un proceso de aprendizaje y en su transcurso deberemos equilibrar nuestras contradicciones.

2. La felicidad

La segunda fase que sigue al vacío está impregnada de armonía y del sentimiento de unidad con las cosas en un mundo favorable. El tiempo en esta fase pasa lentamente y las posibilidades que se nos ofrecen son casi ilimitadas. Nos sentimos amados y vivimos en una especie de sueño sin movimiento propio; la realidad no nos interesa. Nuestra tarea consiste en decidirnos por una de las muchas posibilidades que se nos ofrecen.

3. El laberinto

Después de la vida sumida en sueños, empieza una fase de vigilia que está marcada por la intuición y la claridad espiritual. Se inicia el proceso de formación individual y la búsqueda de la propia personalidad. Por eso se unen y activan las fuerzas que residen en el alma. Ahora somos capaces de acordarnos de sueños olvidados, y reconocemos la importancia que tienen para nuestra vida los acontecimientos, las personas y las relaciones. Aún podemos utilizar poco este saber porque nos falta el desarrollo de la conciencia del Yo. Nuestra tarea consiste en seleccionar las informaciones que podemos asimilar y nuestros sueños, y hacerlos comprensibles a los demás.

4. El inicio

La cuarta fase pone de manifiesto la decisión de un determinado camino que pensamos tomar. La autoconciencia y la individualidad despiertan, estamos entusiasmados con nosotros mismos. Se puede detectar una tendencia al narcisismo que hace que mimemos y cuidemos lo nuevo que surge en nosotros. Nuestra tarea consiste en cuidar nuestro estado físico, mental y espiritual, y en poner atención a las fases de la relajación.

5. La diana

La época carente de problemas de las etapas anteriores termina con la quinta fase. Está marcada por la experiencia desagradable del sufrimiento, pero sin un motivo concreto. En esta fase algunas personas presentan un comportamiento forzado o expresiones de ira. En su vida predomina la vulnerabilidad y la irritabilidad hasta caer en la manta persecutoria, así como los sentimientos de abandono. La única solución parece ser un orden diario rígido para poder controlar un mundo que les resulta peligroso. Nuestra tarea consiste ahora en entender que la presión que soportamos es necesaria para nuestro desarrollo. Deberíamos enfrentarnos a nuestros miedos con decisión.

6. La lucha con el dragón

Es posible que, más adelante, volvamos a caer muchas veces en la sexta fase de los adolescentes. El enfrentamiento de los jóvenes con sus padres se denomina la lucha con el dragón, porque en un principio lo entienden como un poder enemigo que les ata. Pero en el futuro, después de haber cortado el cordón umbilical, aparece como una luz beneficiosa. El estado de los adolescentes oscila entre el sentimiento de abandono, miedo o depresiones y momentos de felicidad. La tarea consiste en que el joven no sea exigente con sus padres y se controle, y finalmente tome las riendas de su vida.

7. La cuadratura de círculo

En la séptima fase, finalmente, somos independientes y capaces de dar, amar, aprender y pensar ordenadamente. La tensión entre las anteriores contradicciones se ha disipado. Nuestra conciencia está marcada por la claridad, no sólo somos capaces de entablar nuevas relaciones y encontrar nuestra pareja espiritual, sino también de reconocer nuestro cometido en la vida y de asumir obligaciones. Nuestra tarea consiste en concientizarnos de nuestro “self” y utilizarlo como una ayuda orientativa para determinar la importancia de los valores personales.

8. El Yo que actúa

En la octava fase la autoestima ha alcanzado a su punto más alto. Estamos viviendo en concordancia con el mundo que nos rodea y, además, hemos desarrollado facultades sociales. El sentimiento de soledad ha desaparecido. Sentimos una voluntad fuerte y somos concientes de nuestras responsabilidades. Nuestro comportamiento está marcado por la actividad y el deseo de realizar nuestros ideales. Nuestra tarea consiste en enlazar hábilmente las metas personales con las de los demás.

9. La cristalización

En la novena fase podemos acabar proyectos y trabajos. En esta etapa dominan menos las nuevas ideas que el avanzar con fuerza. Como ya hemos conquistado un puesto en la sociedad, estamos contentos y en paz con nosotros mismos. Nuestra tarea es disfrutar de nuestro éxito, sin agarrarnos a él, ya que tendremos que abandonar lo conseguido.

10. La puerta de la muerte

En la décima fase se ha alcanzado todo. Sin embargo, de repente los éxitos no saben a nada, todo lo que se ha construido, creado y obtenido parece no tener ninguna importancia. Éstos son los típicos síntomas de la crisis de la mitad de la vida (midlifrecrisis). Nos partamos de nuestro ambiente habitual y nos concentramos en nosotros mismos, en nuestra vida interior. Nos percatamos de todo lo perecedero y somos concientes de que la muerte está cerca. Nos preocupan las depresiones, los miedos a las pérdidas y la desorientación. Nuestra tarea es examinar las metas conseguidas hasta ahora, abandonar las ideas anticuadas y practicar la renuncia.

11. El desmembramiento

En la onceava fase nos afligen los miedos y los desconciertos. El mundo que hemos construido se derrumba. Experimentamos un sentimiento amargo de estar dominados por un poder despiadado y, como consecuencia, aparecen los sentimientos de pérdida y las agresiones hacia nosotros mismos. Nuestra tarea consiste en resignarnos a lo inevitable, relativizar la importancia del Yo conciente y aceptar la decadencia. En esta fase nos puede ayudar la absoluta confianza en que existe un orden superior.

12. El éxtasis trascendental

En la doceava fase el desgarrado Yo forma otra vez una unidad. También podemos hablar de la fase del feliz retorno al hogar. Ahora la relación con el Yo inconciente es perfecta. Nos invaden la armonía y la alegría. Parece que hayamos encontrado nuestro humilde lugar dentro del gran mundo. Nuestra tarea consiste en aceptar con humildad los frutos de la vida. Ahora, cuando entramos de nuevo en un gran ciclo, nos acompañan todos los recuerdos de las experiencias vividas.

Del libro "Mandalas. Teoría y práctica"
Sascha Wuillement y Andrea-Anna Cavelius
Ed. Mens Sana

11/8/09

LABERINTOS 2 / ¿Qué es un laberinto?

¿Qué es un laberinto?

El laberinto primigenio siempre ha tenido en esencia la misma forma. A partir de una cruz, van surgiendo círculos que acaban formando un camino entrelazado. Este sendero no tiene bifurcaciones, ni callejones sin salida o falsos caminos. Conduce hacia adentro y hacia fuera, siempre es de entrada y salida y se dirige finalmente hacia el centro. Allí se encuentra el punto de regreso y el mismo camino conduce de nuevo al exterior.

El origen del laberinto

El laberinto tiene sus orígenes en el área mediterránea. El más antiguo se encontró en el yacimiento griego de Pylos, en uno de cuyos palacios se hallaron unas tablillas de barro de unos 3.200 años de antigüedad que se habían cocido debido a un incendio en el palacio. Una de esas tablillas tenía grabado un laberinto.
Se desconoce cuál fue la cultura que descubrió este símbolo y tampoco se sabe qué significa exactamente la palabra “laberinto”. Pero existe una leyenda muy conocida relativa a un laberinto en Creta y de ahí proviene la creencia de que su origen es cretense y su forma más antigua se denomina laberinto cretense o clásico.



“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana

LABERINTOS 1 / La leyenda del Minotauro



Cuenta la leyenda que Pasíafe, esposa de Minos, rey de Creta, se enamoró perdidamente de un toro y dio a luz al Minotauro, una horrenda criatura, mitad hombre, mitad toro.
Minos encargó a su arquitecto Dédalo que construyera un laberinto para encerrar al monstruo.
Tras perder una campaña militar, los atenienses fueron obligados a enviar cada nueve años a Creta a siete jóvenes varones y siete doncellas para ser ofrecidos en sacrificio al Minotauro. Pero llegó un día en que entre los escogidos se encontraba Teseo, el joven hijo del rey de Atenas. Una vez en Creta, Teseo se encontró con la hija del rey Minos, Ariadna, la cual se enamoró de él y le entregó un hilo antes de que se adentrara en el laberinto. Teseo mató al Minotauro y, con la ayuda del hilo de Ariadna, logró salir del laberinto junto con los rehenes que liberó. Regresó a casa y se convirtió en rey de Atenas.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
El cosmos y el mundo

Al unir el cuadrado y el círculo, el laberinto simboliza la totalidad del universo. La Tierra (cuadrado) y el Cielo (círculo) se funden en un solo signo.
El ser humano se ha considerado siempre a sí mismo el punto de intersección del todo porque une cuerpo y espíritu y ambos se manifiestan con gran fuerza en él.
Los indios Hopi consideran el laberinto como el matrimonio entre el Padre Sol y la Madre Tierra. El cristianismo ve aún más claramente esta unión en la figura de Jesucristo que era hombre y Dios. Pero el laberinto cristiano no es un símbolo de Cristo, sino que permanece como símbolo del hombre terrenal, del mundo. En el mundo terrenal se inserta la cruz: el hombre, convertido en Cristo, une el cosmos y el mundo. En el laberinto cristiano la cruz está en el centro y todos los caminos se organizan en torno a ella.



El miedo y la muerte

Aquél que penetra en el laberinto, queda encerrado en él. No hay ninguna desviación posible y es impredecible. Todo esto causa miedo porque se desconoce si el camino se puede realmente efectuar. Lo que el camino le depara a uno es incierto: la lógica o absurdidad, o todo o nada, el amor o el monstruo. El misterio de la muerte está estrechamente ligado a estas cuestiones. La oruga desaparece y surge la mariposa, la semilla cae en la tierra, muere y se convierte en árbol. ¿Y qué nos sucede a nosotros cuando morimos? ¿Dónde acaba realmente el laberinto?.
El camino dentro del laberinto es una senda de muerte, un recorrido por el más allá. El camino hacia la salida simboliza el renacer. Por eso el laberinto es un símbolo de la muerte y, a la vez, de renacimiento.

El nacimiento y el renacimiento

El parto figura entre los acontecimientos más complejos y dolorosos de la naturaleza. Mientras las crías de muchas especies vienen al mundo de una manera sencilla, el nacimiento de un bebé humano implica un largo e intrincado camino al que acompañan una sensación de estrechez, una fuerza extraordinaria, dolor, miedo e, incluso, peligro de muerte.
Actualmente se sabe que, desde el punto de vista anatómico, es un camino corto y recto. Pero necesita su tiempo y requiere energía, entrega y privaciones. Un camino no puede recorrerse sin dolor ni renuncias. Antes de alcanzar el objetivo, y con la alegría de la llegada, hay que sufrir dolor y cambios físicos.
Cuando el sabio Nicodemo filosofaba con Jesús sobre los temas más elevados, éste solía recurrir a la imagen del parto para ejemplificar ante el sabio la llegada espiritual al mundo: “Quien no nazca de nuevo, no podrá entrar en el reino de Dios” (San Juan 3, 3).
Tal vez la imagen del laberinto pueda recordar anatómicamente al útero materno, pero en el fondo se trata más bien de una representación simbólica de las dificultades que entraña el parto, comparables a las del nacimiento espiritual.










“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana

LABERINTOS 4 / Regreso, liberación, concentración

El regreso y la liberación

El laberinto ofrece una imagen de retorno ya que, tras un camino difícil e intrincado, uno se encuentra en un callejón sin salida. La única alternativa posible es volver sobre lo andado. La necesidad de regresar está muy presente. En este momento surge la conciencia de la liberación: liberarse del miedo, de la muerte y del dolor.
Todo ello significa la liberación de este mundo y, con ello, también escapar del laberinto. El regreso permite, finalmente, abandonar el laberinto, dejarlo atrás.
Una de las principales creencias del cristianismo se basa en el hecho de que el hombre sólo puede salvarse si vuelva sobre sus propios pasos, entendiendo esto como un regreso a la fe y se relaciona, a su vez, con la condena del mal y el encauzar al hombre hacia las buenas acciones.

La concentración

Muchos de los que se adentran en un laberinto experimentan un “cambio espacial”. Al penetrar nos encontramos en un espacio totalmente cerrado y abandonamos el lugar en el que nos encontrábamos. La certeza de no tener que buscar el camino correcto porque sólo hay uno posible hace que nos concentremos en el interior rápidamente.
En un laberinto bien construido, el camino a seguir provoca un ritmo que favorece el acto de centrarse únicamente en nuestro mundo interior. Del mismo modo, los giros del camino nos permiten dar vueltas sobre nuestro propio eje. A través de un sencillo recorrido, el laberinto puede conducirnos a un estado de concentración que requeriría un mayor tiempo de preparación y ejercitación si empleáramos otras técnicas de relajación.

Las murallas de la ciudad

Algunos laberintos se denominan “Ciudad de Troya” en referencia a la antigua ciudad de Troya cuyas impresionantes murallas fueron imposibles de traspasar, salvo por una artimaña. Sobre la antigua ciudad de Jericó se cuenta una historia parecida, ya que también era una ciudad considerada inexpugnable que sólo mediante la ayuda divina pudo llegar a conquistarse. Existe otra ciudad relacionada con un laberinto: según un cronista de la época, durante la celebración de la fundación de Constantinopla, se realizó una danza del laberinto.
El laberinto simboliza un muro resistente y es un signo de fortaleza inexpugnable. Además simboliza también la entrega y el compromiso que requiere el esfuerzo necesario para llevar a cabo valiosas e importantes conquistas.







“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana

LABERINTOS 3 / El camino y la trayectoria vital


La interpretación principal del laberinto es a través de su simbología, como metáfora de la trayectoria vital humana.
Quien se adentra en él, tiene ante sí de inmediato el objetivo. Aunque la distancia puede parecerle corta, la maraña del camino lleva alrededor del centro y después incluso más lejos, hacia los recovecos del laberinto. Paulatinamente surgen las preguntas: ¿estoy yendo por el buen camino?, ¿tiene sentido continuar? Y, entre tanto, la meta hace mucho que desapareció de nuestra vista.
Tarde o temprano, se vuelve cerca del lugar de partida, por lo que no se aprecia ningún progreso. Después de haber caminado mucho, ahora casi se vuelve al punto inicial. Pero el camino parece girar de nuevo hacia el centro. Y después, de una forma repentina e imprevista, uno se encuentra en el centro.
La distancia entre el punto de partida y el centro en los laberintos de las iglesias góticas es de aproximadamente 6 metros y, de hecho, se recorren unos 240 metros. El camino es 40 veces más largo y no hay ningún atajo, por lo que debe recorrerse y experimentarse en todo su recorrido. La única alternativa posible es permanecer quieto, renunciar al camino. Pero, desde luego, esto no conduce a la meta. Al recorrerlo, no podemos evitar o saltar ninguna etapa: las curvas o cambio de sentido, las buenas o malas experiencias, todos los días y todos los pasos. Uno camina y camina y tiene la sensación de que, con cada paso que da, está retrocediendo.
El laberinto contiene once galerías. En el Cristianismo, en número once simboliza la imperfección. Cuando iniciamos el camino lo hacemos siempre como seres humanos imperfectos, con todos los fallos y errores que ello comporta. Nadie puede escapar a este hecho, ni siquiera aquellos que inician una búsqueda sincera y devota. La imperfección y la culpa no pueden desvincularse de la trayectoria vital humana.
El laberinto es una señal que apunta que el camino del ser humano hacia su propio interior requiere un gran esfuerzo. La velocidad y la falta de entrega no sirven de nada. Quien quiera sentir en su interior a Dios y el sentido de la vida, ha de saber que se está aventurado y, por lo tanto, debe estar dispuesto a seguir el camino en todas sus curvas y en toda su desconocida extensión.
El laberinto es un símbolo de la vida, incluso cuando ésta marcada por la imperfección, el sufrimiento, el distanciamiento, la confusión, el fracaso y los momentos difíciles, el laberinto es un nuevo aliento y una invitación a ponerse en camino. Nos animará a seguir porque hay una meta: al final del camino se encuentra el centro.



“Nadie está tan cerca como para no poder llegar muy lejos.
Nadie está tan lejos como para no poder encontrar el centro.
Ninguno de los tramos del camino es más decisivo que todo el camino en su conjunto:
la proximidad y la lejanía, el principio y el fin”

Wilhelm Müller




“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana

LABERINTOS 5 / El secreto del camino de salida

El laberinto tiene dos caminos: el que va hacia el centro y el que parte de él y se dirige hacia el exterior. Teseo no necesitó ayuda para encontrar al Minotauro en el centro, pero recurrió al hilo de Ariadna para hallar el camino de salida. Es más fácil partir hacia una hazaña heroica que enfrentarse al amor. El camino hacia el interior es más atractivo porque conduce hacia un objetivo. El camino de salida del laberinto es, en cambio, más tranquilo y humilde. Puesto que ya lo conocemos, puede parecer largo, incluso demasiado para algunos. Pero es necesario hacer este camino de regreso para hacer recapitulación de lo ocurrido. Aquél que considere el camino de salida poco importante, irá corriendo de aventura en aventura como un héroe, pero sólo conseguirá estar más angustiado, infeliz y también falto de amor.
El camino de salida es el de regreso a casa. Una vez que se ha completado la aventura, se alcanza el conocimiento, sin embargo, ahora comienza lo realmente importante. El que sale a toda prisa del laberinto, con la creencia de que por haber alcanzado el centro, su camino ha concluido, se pierde la parte más importante del camino. Pues el camino de salida nos conduce a la bondad, a la humildad y al amor.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana

9/6/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 8 / Consumación

El creciente conocimiento del Este espiritual sólo puede significar una expresión simbólica del hecho de que comenza­mos a entrar en contacto con lo todavía foráneo en nosotros. Renegar de nuestras propias premisas históricas sería puro disparate, y el mejor camino hacia un nuevo desarraigamiento. Sólo manteniéndonos firmes sobre nuestra propia tierra pode­mos asimilar el espíritu del Este. Gu De dice: “La gente del mundo perdió las raíces y se tomó a las copas”, para carac­terizar a los que no saben dónde están los verdaderos orígenes de las fuerzas secretas. El espíritu del Este ha nacido de la tierra amarilla; nuestro espíritu puede y debe nacer sólo de nuestra tierra. Por eso, me aproximo a estos problemas de una manera que se ha criticado a menudo como "psicologismo". Si con ello fuera dado a entender "psicología", estaría yo ha­lagado, porque es mi intención real apartar sin merced la pre­tensión metafísica de todas las enseñanzas secretas, ya que tales secretos objetivos de poderío de las palabras concuerdan mal con el hecho de nuestra profunda ignorancia, que habría que tener la discreción de confesar. Quiero, con la intención más plena, traer a la luz del comprender psicológico ciertas cosas de sonido metafísico, y hacer lo que me sea posible para impedir al público creer en oscuras palabras de poder.
(…)
Comprender metafísicamente, es imposible; sólo puede hacérselo psicológicamente. En consecuen­cia, desnudo a las cosas de sus aspectos metafísicos para hacerlas objeto de la psicología. Así puedo al menos extraer de ellas algo comprensible y apropiármelo; y además aprendo de tal modo condiciones y procesos psicológicos que antes esta­ban velados en símbolos y sustraídos a mi inteligencia. Así alcanzo también la posibilidad de recorrer un camino similar y hacer una similar experiencia y, si hubiera todavía al final tras de ello algo metafísico irrepresentable, tendría la mejor ocasión de manifestarlo.
(…)
Si acepto que un dios sea ab­soluto, y más allá de toda experiencia humana, ese dios me deja frío. No obro sobre él, y tampoco él sobre mí. Si, en cambio, sé que un dios es una poderosa actividad de mi alma, debo entonces ocuparme de él pues puede hacerse hasta des­agradablemente importante, incluso en la práctica, cosa que suena enormemente trivial como todo lo que aparece en la esfera de la realidad.
(…) el alma es un mundo en el que está contenido el yo.
(…)Ante todo y en tal medida, es sólo "psicología", pero también en la medida en que es experimentable, comprensible y —gra­cias a Dios— real, es una realidad con la que algo se puede hacer, una realidad con posibilidades y por lo tanto viviente.
(…)Debería evitarse toda afir­mación sobre lo trascendental, pues sólo es, siempre, una ridícula presunción del espíritu humano, inconsciente de sus limitaciones. Por eso, cuando se califica a Dios o a Tao como una conmoción o un estado del alma, con ello sólo se afirma algo sobre lo cognoscible y no sobre lo incognoscible. De lo último nada puede decirse.


"El secreto de la Flor de Oro", Carl Jung.

23/5/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 7 / Desligamiento de la conciencia

Mediante el comprender nos liberamos de la dominación por lo inconsciente. Éste es, en el fondo, también el objetivo de las instrucciones de nuestro texto. El discípulo es enseñado cómo debe concentrarse sobre la Luz del recinto más interno y, con ello, soltarse de todos los encadenamientos externos e internos. Su voluntad de vida es dirigida al estado de con¬ciencia sin contenido que, no obstante, deja existir todos los contenidos. El Huí Ming King dice sobre el desligamiento:
"Un resplandor de Luz circunda el mundo del espíritu,
Se olvida uno a otro, quieto y puro, por completo potente y vacío,
Lo vacío es traslucido por el fulgor del Corazón del Cielo.
El agua de mar es lisa y refleja *en su superficie la luna.
Las nubes se atenúan en el espacio azul.
Las montañas lucen claras.
La conciencia se disuelve en el contemplar,
El disco de la luna reposa solitario."
Esa característica de la consumación describe un estado anímico que quizás pueda designarse del mejor modo corno una separación de la conciencia respecto del mundo y un retrai¬miento de la misma a un punto por decir así extramundano. De tal modo, la conciencia está vacía y no-vacía. Ya no está más preocupada por las imágenes de las cosas, sencillamente las contiene. La anterior plenitud del mundo, inmediata y oprimente, por cierto nada ha perdido de su abundancia y su belleza, pero no domina más a la conciencia. Ha cesado la pretensión mágica de las cosas, pues se ha desenredado el pri¬mitivo entrelazamiento de la conciencia con el mundo. Lo inconsciente ya no es proyectado, por cuyo motivo es anulada la participation mystique original con las cosas. En con¬secuencia, la conciencia ya no está colmada de intenciones compulsivas, sino que pasa a contemplar, como muy bien dice el texto chino.
¿Cómo se llega a producir este efecto? No se lo hace con el sentir ex¬terno, pues nada sería más infantil que querer hacer estético tal estado anímico. Se trata aquí de un efecto que conozco muy bien a partir de mi práctica médica; es el efecto terapéu¬tico par excellence, por el que me ocupo con mis discípulos y pacientes: la disolución de la participation mystique. Lévy-Bruhl1 con visión genial, ha expuesto como signo distintivo de la mentalidad primitiva lo que llamó participation mystiqnc. Lo que designó no es otra cosa que el resto, indeterminada¬mente grande, de indiferenciación entre sujeto y objeto, que en los primitivos posee todavía dimensiones tales que no puede dejar de sorprender a los hombres de conciencia europea. Mien¬tras no sea consciente la distinción entre sujeto y objeto, reina la identidad inconsciente. Entonces lo inconsciente es proyec¬tado sobre el objeto, y el objeto introyectado en el sujeto, es decir, psicologizado. Animales y plantas se conducen entonces como hombres, los hombres son simultáneamente animales, y todo está animado con espectros y dioses. El hombre de cul¬tura se cree, claro está, inmensamente elevado por encima de esas cosas. Pero a menudo se halla, durante su vida en¬tera, identificado con los padres, identificado con sus afec¬tos y prejuicios, y afirma del otro, impúdicamente, lo que no quiere ver en sí mismo. Precisamente tiene todavía también un resto de inconsciencia inicial, es decir, de indiferenciación de sujeto y objeto. En virtud de esa inconsciencia es afectado mágicamente por incontables hombres, cosas y circunstancias, o sea, incondicionalmente influido; está colmado casi tanto de contenidos perturbadores como el primitivo, y por consiguiente emplea igual cantidad de magia apotropéyica. Pero sus prácticas mágicas no las realiza más con bolsitas medicinales, amuletos y sacrificios animales, sino con remedios para los ner¬vios, neurosis, "ilustración", cultos de la voluntad, etc.
Ahora bien, si se logra reconocer lo inconsciente como magnitud co-condicionante al par de la conciencia, y vivir de manera que las exigencias conscientes e inconscientes (o sea instintivas) sean en lo posible tomadas en consideración, el centro de gravedad de la personalidad no es más el yo, que es un mero centro de conciencia, sino un punto, por así decir, virtual entre lo consciente y lo inconsciente, al que cabe de¬signar como sí-mismo. Si se logra tal trasposición, el resultado es la anulación de la participation mystique y de ello nace una personalidad que, por decirlo así, sufre sólo en los pisos infe¬riores pero está en los superiores singularmente alejada del acontecer penoso o gozoso.
La producción y nacimiento de esa personalidad es lo que nuestro texto tiene por objetivo cuando habla del "fruto santo", del "cuerpo diamantino" o, de alguna otra manera, acerca de un cuerpo imputrescible. Tales expresiones son psi¬cológicamente simbólicas de una actitud invulnerable al con¬flicto emocional incondicionado y con ello a la conmoción vio¬lenta; en otras palabras, simbolizan una conciencia desligada del mundo. Tengo razones para creer que ésta sea realmente una preparación natural para la muerte, que se instituye des¬pués de la mitad de la vida. Para el alma la muerte es tan importante como el nacimiento y, como éste, un elemento integrante de la vida. (…) La muerte, en efecto, vista psicológicamente de manera co¬rrecta, no es un término sino una meta, por lo tanto comienza la vida para la muerte tan pronto como se sobrepasa la altura del mediodía.
La filosofía del yoga chino se erige sobre el hecho de esa preparación instintiva para la muerte como meta y, en ana¬logía con la meta de la primera mitad de la vida, o sea, la generación y propagación, el medio de perpetuar la vida fí¬sica, pone como objetivo de la existencia espiritual la genera¬ción y nacimiento simbólicos de un "cuerpo-hálito" psíquico (subtle body), que asegura la continuidad de la conciencia desligada. Es el nacimiento del hombre neumático, conocido desde la antigüedad por el europeo, quien busca empero al¬canzarlo con símbolos y procedimientos mágicos completa¬mente diferentes, con fe y conducta cristianas. También aquí nos hallamos otra vez sobre una base totalmente distinta a la del Este. De nuevo suena por cierto nuestro texto como si no estuviese distante de la moral ascético-cristiana. (…) Quien vive sus instintos puede también separarse de ellos, y eso de manera tan natural como los ha vivido. Nada sería más ajeno a nuestro texto que el heroico vencerse a sí mismo, a lo cual empero vendría a parar infaliblemente entre nosotros si observásemos literal¬mente las instrucciones chinas.
(…) Para mantener de alguna manera esa altura por fuerza había que reprimir ampliamente la esfera de los instintos. Por eso la práctica religiosa y la moral adoptaron un carácter manifiestamente brutal, casi maligno. Natural¬mente, lo reprimido no se desarrolla, sino que sigue vegetan¬do, en primitiva barbarie, en lo inconsciente. (…) Aún no están cu¬radas las heridas de Amfortas y el desgarramiento fáustico del hombre germánico. Su inconsciente está todavía cargado de esos contenidos, que en primer lugar deben hacerse cons¬cientes antes de que pueda uno librarse de ellos. Hace poco, recibí una carta de una antigua paciente, que describe con palabras sencillas pero justas la trasposición necesaria: "De lo malo me ha venido mucho bueno. El mantenerme calma, no reprimir, estar atenta, y al mismo tiempo aceptar la realidad —las cosas como son, y no como yo las querría— me ha pro¬curado un raro discernimiento, y también fuerzas pocos co¬munes, que antes ni siquiera hubiera podido imaginar. Pen¬saba yo siempre que, si se aceptan las cosas, la abruman a una de alguna manera; ahora bien, esto no es de ningún modo así, y sólo al aceptarlas puede adoptarse una posición hacia ellas. [¡Anulación de la participación mystiquel!] De modo que jugaré ahora al juego del vivir, aceptando lo que cada vez me traen el día y la vida, bueno y malo, sol y sombra, que constantemente cambian, y así acepto también mi propia na¬turaleza con su positivo y negativo, y todo se hará más vi¬viente. ¡Qué tonta era! ¡Cómo he querido forzar todo según mi cabeza!"

Únicamente sobre la base de una actitud tal, que no re¬nuncia a ninguno de los valores adquiridos durante el des¬arrollo cristiano sino que, por lo contrario, acepta, también con amor y longanimidad cristianos lo más humilde en la propia naturaleza, se hará posible un nivel superior de con¬ciencia y cultura. Esa actitud es religiosa, en su más legítimo sentido, y por lo tanto terapéutica, pues todas las religiones son terapias para los sufrimientos y perturbaciones del alma. El desarrollo del intelecto y voluntad occidentales nos ha otor¬gado la capacidad casi diabólica de imitar, aparentemente con éxito, esa actitud, a pesar de las protestas de lo inconsciente. Pero es siempre cuestión de tiempo que se abra paso de alguna manera la posición contraria, con un contraste tanto más crudo. Con el cómodo imitar invariablemente se crea una si¬tuación insegura, que a cada momento puede ser derribada por lo inconsciente. Surge una base segura sólo cuando las premisas instintivas de lo inconsciente son tomadas en igual consideración que el punto de vista de la conciencia. Pero no nos engañemos: esa necesidad se halla en oposición violenta con el culto cristiano-occidental de la conciencia, y en espe¬cial el protestante. A pesar, sin embargo, de que parezca lo nuevo ser constantemente enemigo de lo antiguo, un más pro¬fundo deseo de comprender no puede menos que descubrir que, sin la aplicación más seria de los valores cristianos con¬quistados, tampoco puede en absoluto llegar lo nuevo a esta¬blecerse.

"El secreto de la Flor de Oro", Carl Jung