27/3/09

SECRETOS DE LA FLOR DE ORO 4 / TAO

La enorme dificultad que presenta la traducción de este texto y otros similares consiste en que el autor chino parte siempre de lo central, es decir, de lo que designaríamos como cima, meta o penetración más profunda y última; algo, en consecuencia, de tal manera pretenso, que un hombre con in¬telecto crítico tendría la sensación de hablar con arrogancia ridícula o pura insensatez si se animara a pronunciar un dis¬curso intelectual sobre las experiencias anímicas más sutiles de los más grandes espíritus del Este. Así, nuestro texto comienza: "Lo que es por sí «mismo se llama Tao". Y el Huí Ming King empieza con las palabras: "La esencia y la vida son el más fino secreto de Tao". Es característico del espíritu occidental que no posea absolutamente ningún concepto para Tao. El signo chino para Tao está compuesto del signo para "cabeza" y del signo para "ir". Wilhelm traduce Tao por "sentido", otros por "camino", por ^providencia" y hasta, como jesuitas, por "Dios". Esto muestra la dificultad.
"Cabeza" podría indicar la conciencia(2), "ir" el "dejar ca¬mino atrás". Según esto la idea sería: "ir consciente" o "ca¬mino consciente". Concuerda con ello que se emplee como si¬nónimo de Tao a la "Luz del Cielo" que, como "Corazón del Cielo", "mora entre los ojos". Esencia y vida están contenidas en la Luz del Cielo y son, según Liu Hua Yang, los secretos más importantes de Tao. Ahora bien, la "Luz" es el equivalente simbólico de la conciencia, y la naturaleza de la conciencia es expresada por analogía con la luz. El Huí Ming King es in¬troducido por los versos:
"Si quieres consumar sin efluxioncs el cuerpo diamantino, debes calentar expresamente la raíz de la conciencia. 3 Debes iluminar la tierra beatífica, constantemente próxima, y ahí dejar siempre residir oculto tu verdadero yo".
Estos versos contienen una especie de instrucción alquímica, un método o un camino para la generación del "cuerpo diamantino" que es también dado a entender en nuestro texto. A ese fin se tiene necesidad de un "calentamiento", o sea, una elevación de la conciencia, para que sea "iluminada" la morada de la esencia espiritual. Sin embargo, no sólo la conciencia, sino también la vida, debe ser elevada. La unión de ambas produce "vida consciente". Según el Huí Ming King los antiguos sabios sabían cómo suprimir la separación entre conciencia y vida, pues cultivaban a las dos. De esta manera se "hace fundir la Schéli (el cuerpo inmortal) y así se "consuma el gran Tao".
Guando concebimos a Tao como método o como camino consciente, que ha de unir lo separado, puede que hayamos llegado bien cerca del tenor psicológico del concepto. De to¬das maneras no se puede entender, como separación de conciencia y vida, sino lo que más arriba llamé desviación o desarrai¬gamiento de la conciencia. Se trata también sin duda, en cuanto a la cuestión de conciencializar los opuestos, de la "reversión", de una nueva unificación con las leyes de la vida inconscientes, y el objeto de esa unificación es el logro de vida consciente; expresado a la manera china: producción de Tao.

1 Comparar Liu Hua Yang: Huí Ming King. Das Bnch ron Bcwssfscin muí
Lcbcií. Chinesisohc Bláttcr, Vol. 1, parte 3, editado por R. Wilhelm.
2 La cabeza es asimismo la "sede de la Luz del Ciclo".

17/3/09

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 1 / Introducción

“La ciencia es la herramienta del espíritu occidental, y puede abrirse con ellas más puertas que con las manos desnudas. Forma parte de nuestra comprensión, y oscurece la penetración sólo cuando toma la concepción que ella permite por el total de la concepción. Es, sin embargo, justamente el Este el que nos enseña una concepción distinta, más amplia, más profunda y más elevada, o sea la concepción mediante el vivir. A esta última realmente sólo se la conoce todavía pálidamente como un sentimiento desnudo, casi fantasmal, del modo de expresión religiosa, a consecuencia de lo cual se coloca también entre comillas, con placer, el “saber” oriental y se lo exila al oscuro campo de las creencias y supersticiones. Con eso, empero, queda totalmente mal entendida la “objetividad” oriental. No consiste en presentimientos sentimentales, místicamente excedidos, rayanos en lo enfermizo, de habitantes de un mundo aparte y de desequilibrados, sino de penetrantes concepciones prácticas de la flor de inteligencia china, a la que no tenemos ningún motivo de subestimar.”

“Un antiguo adepto dijo. “Pero si el hombre erróneo usa el medio correcto, el medio correcto actúa erróneamente.” Ese proverbio de la sabiduría china, por desgracia tan sólo demasiado cierto, está en abrupto contraste con nuestra creencia en el método “correcto”, independientemente del hombre que lo emplea. En verdad, todo depende, en esas cosas, del hombre, y poco o nada del método. El método es ciertamente el camino y la dirección que uno toma, mediante lo cual el cómo de su obrar es la fiel expresión de su ser.”

“No se trata de imitar, y hasta de evangelizar, inorgánicamente lo foráneo, sino de reconstruir la cultura occidental, que padece de mil males. Y ello debe hacerse en el lugar adecuado; y a ello ha de llevarse al hombre europeo con su trivialidad occidental, con sus problemas matrimoniales, sus neurosis, sus ilusorias ideas sociales y políticas, y con su completa desorientación el lo que respecta al modo de considerar el mundo.”

“¿Ha de sospecharse en fin que ese enfoque anímico, que posibilita dirigir la vista de tal modo hacia adentro, puede ser sólo desligado así del mundo porque aquéllos hombres colmaron de tal manera las exigencias instintivas de su naturaleza que poco o nada les impide percibir la esencia invisible del mundo? ¿Ha de ser quizás condición de tal mirar la liberación de esos apetitos y ambiciones y pasiones que nos detienen en lo visible, y ha de resultar esta liberación precisamente de una satisfacción plena de sentido de las exigencias instintivas, y no de su represión prematura y nacida de la angustia? ¿Quedará quizás libre la mirada para lo espiritual cuando la ley de la tierra sea observada?”

“Para nuestra característica cultura del espíritu cristiano lo positivo y digno del esfuerzo de la búsqueda, fue, durante la mayor parte del tiempo, simplemente el espíritu, y la pasión del espíritu. Sólo cuando, en el ocaso de la Edad Media, es decir, durante el curso del siglo XIX, el espíritu comenzó a degenerar en intelecto, surgió una reacción contra el insoportable predominio del intelectualismo, que cometió en primer lugar la falta, por cierto perdonable, de confundir intelecto con espíritu y acusar a éste de los delitos de aquél (Klages). El intelecto es, efectivamente, nocivo para el alma cuando se permite la osadía de querer entrar en posesión de la herencia del espíritu, para lo que no está capacitado bajo ningún aspecto, ya que el espíritu es algo más alto que el intelecto puesto que no sólo abarca a éste sino también a los estados efectivos. Es una dirección y un principio de vida que aspira a alturas luminosas, sobrehumanas. Le está, empero, opuesto lo femenino, oscuro, terrenal (Yin), con su emocionalidad e instintividad extendiéndose hacia abajo, hacia las profundidades del tiempo y las raíces de la continuidad corporal.”

“La China (...) no se ha alejado tanto (...) de los hechos centrales del alma como para haberlos perdido en la exageración y sobreestimación unilateral de una única función psíquica. Por lo tanto, nunca dejó de reconocer la paradoja y la polaridad de lo viviente. Los opuestos siempre se equilibran (un signo de alta cultura; mientras que la unilateralidad, aunque presta siempre impulso, es por ello un signo de barbarie). No puedo considerar la reacción que surge en Occidente contra el intelecto, a favor de Eros o a favor de la intuición, de otra manera que como un signo de progreso cultural, una ampliación de la conciencia por encima y más allá de los confines demasiado angostos de un intelecto tiránico.”

“En general, y visto desde la posición incurablemente externa del intelecto, ha de parecer como si lo que el Este valora tan extremadamente no fuera para nosotros nada apetecible.
Por cierto que el mero intelecto no puede comprender de inmediato qué importancia práctica podrían tener para nosotros las ideas orientales, por cuyo motivo sólo sabe clasificarlas como curiosidades filosóficas y etnológicas.”



Párrafos extraídos de:

“El secreto de la flor de oro”
Carl Gustav Jung - Richard Wilhelm
Ed. Paidós, México, 1989.

SECRETO DE LA FLOR DE ORO 2 / La psicología moderna


(...) Wilhelm, el excelente conocedor del alma de China, me ha confirmado (...) la coincidencia de escribir sobre un texto (1) chino que, según toda su sustancia, pertenece ala misteriosa oscuridad del espíritu oriental. Sin embargo, su contenido es al mismo tiempo –y eso es lo extraordinariamente importante- un viviente paralelo de lo que ocurre durante el desarrollo anímico de mis pacientes, ninguno de los cuales es chino.

(...) así como el cuerpo humano muestra una anatomía general por encima y más allá de todas las diferencias raciales, también la psique posee un sustrato general que trasciende todas las diferencias de cultura y conciencia, al que he designado como lo inconciente colectivo.

(...)

Sobre tal base se explica la analogía y hasta la identidad, de los temas míticos y de los símbolos, y la posibilidad de la comprensión humana en general.

(...)

Se trata –tomado de manera puramente psicológica- de comunes instintos de representación (imaginación) y de acción.

(...)

El chino sabio diría, con las palabras del I Ging (2), que cuando Yang ha alcanzado su máxima fuerza va a nacer en su interior el oscuro poder de Yin, pues al mediodía comienza la noche y Yang se rompe y cambia en Yin.

(...)

Sea como se quiera, es un hecho de todos modos el que la necesaria unilateralidad aleja tanto a la conciencia de las imágenes primordiales, que sigue el colapso. Y ya mucho antes de la catástrofe se anuncian los signos del error, como falta de instintos, como nerviosidad, como desorientación, como enredo en situaciones y problemas imposibles, etc.

(...)

Quien desdeña tanto una cosa como otra se halla ante la pregunta de dónde está pues la unidad, necesariamente tan exigida, de la personalidad, y puesto ante la necesidad de buscarla. Y aquí comienza ahora aquel camino que fuera en el Oriente recorrido desde tiempos inmemoriales, evidentemente como resultado del hecho de que el chino nunca estuvo en posición de apartar tanto uno de otro los opuestos de la naturaleza humana como para que se perdieran recíprocamente de vista, hasta la inconciencia. (...) no podía menos que sentir la colisión de los opuestos y, en consecuencia, investigar aquel camino por el que podría llegar a ser lo que los hindúes llaman nirvandva (3), es decir, libre de opuestos.


(1) Jung ha escrito, junto a Wilhelm, el prólogo del I Chin.
(2) Léase I Chin
(3) Nirvana
(...) No es posible acentuar demasiado el hecho de que no somos orientales, y que por lo tanto en estas cosas partimos de una base totalmente distinta.

(...) Nada sería más erróneo que querer emprender ese camino con los neuróticos cuya enfermedad obedece a un predominio indebido de lo inconsciente. Precisamente también por la misma razón, apenas si tiene algún sentido ese camino de desarrollo antes de la mitad de la vida (normalmente entre treinta y cinco y cuarenta años), y hasta puede ser sobremanera nocivo.

(...) Todo hombre debiera realmente poseer, al menos como germen, ese nivel superior, y poder desarrollar esa posibilidad bajo circunstancias favorables. Cuando contemplé la senda de desarrollo de aquellos que, sencillamente, como de modo inconsciente, se sobrepasan a sí mismos, vi que sus destinos tenían algo en común: lo nuevo se les aproximaba desde fuera o desde dentro surgiendo del oscuro campo de las posibilidades, lo aceptaban y, con ello, crecían en altura. Me pareció ser típico que uno lo tomara de fuera y otro lo tomara de dentro o, más bien, que creciese en uno desde fuera y en otro desde dentro. Jamás fue lo nuevo, sin embargo, una cosa solamente de fuera o solamente de dentro. Si venía de fuera, se hacía intimísima vivencia. Si venía de dentro, se hacía suceso externo. Nunca fue tampoco producido a propósito y por quererlo conscientemente, sino que más bien arribó fluyendo en el correr del tiempo.

(...) Y ¿qué hicieron esos hombres para obtener el progreso redentor? Hasta donde puedo yo ver, no hicieron nada (Wu Wei) sino que dejaron suceder, como lo señala el Maestro Lü Dsu, pues la Luz circula según su propia ley si uno no abandona su habitual vocación. El dejar ocurrir, el hacer en el no-hacer, el “dejarse” de Meister Eckart, me sirvieron de llave con la que logré abrir la puerta del Camino: Debe poderse dejar suceder psíquicamente. Esto es para nosotros un verdadero arte, del que nada comprende la multitud de la gente por cuanto su conciencia interfiere permanentemente, ayudando, corrigiendo y negando, y, de cualquier manera, no dejando en paz al mero existir del proceso psíquico.

(...) En el espasmo de conciencia de alto grado, a menudo sólo pueden fantasear las manos; modelan o dibujan formas que con frecuencia son totalmente extrañas a la conciencia. Estos ejercicios deben ser continuados hasta que desaparece el espasmo de conciencia, hasta que, en otras palabras, se pueda dejar acontecer, lo que es el objetivo más inmediato del ejercicio. Es creada así una actitud nueva, que acepta también lo irracional e inconcebible, simplemente porque es lo que está aconteciendo.

(...) Todo lo bueno es costoso, y el desarrollo de la personalidad pertenece a las cosas más caras. Se trata de decirse sí a sí mismo –proponerse a sí mismo como la más seria de las tareas y permanecer continuamente consciente de lo que se hace y mantenerlo en todos sus aspectos dudosos siempre ante los ojos-, una tarea, en verdad que llega a la médula.
“El secreto de la flor de oro”
(Introducción)
Carl Gustav Jung - Richard Wilhelm
Ed. Paidós, México, 1989.

5/10/08

CUADRATURA DEL CÍRCULO

Los antiguos mesopotámicos, para conocer el área de un círculo lo situa­ban entre dos cuadrados. La idea de identificar el círculo y el cuadrado se verificó también por la rotación del cuadrado. Pero no se trata, en el aspecto a que nos referimos, de un problema matemático, sino de un problema sim­bólico. La «cuadratura del círculo», como el lapis o el aurum philosophicum, constituyó la preocupación de los alquimistas, pero mientras estos últimos símbolos se referían más bien a la finalidad evolutiva del espíritu, el primero concernía a la identificación de los dos grandes símbolos cósmicos: el del cielo (círculo) y el de la tierra (cuadrado). Es, pues, una coincidencia de los dos contrarios, pero no entendida como yuxtaposición o coniunctio (cual el trazo vertical y horizontal forman la cruz), sino como identificación y anula­ción de los dos componentes en síntesis superior. Correspondiendo el cuadra­do a los cuatro elementos, en el significado de la «cuadratura del círculo» que, en realidad, no debiera denominarse así, sino «circulación del cuadrado», se trataba de obtener la unidad de lo material (y de la vida espiritual) por en­cima de las diferencias y oposiciones (orientaciones) del cuatro y del cuadrado. Otro procedimiento para obtener un ersatz de «cuadratura» fue re­fundir los dos cuadrados en cuyo interior se inscribía el círculo, lo que da por resultado un octógono. El octógono puede considerarse, en efecto, geo­métrica y simbólicamente como el estado intermedio de una forma entre el cuadrado y el círculo. Por esto no simbolizó nunca el opus (es decir, el lo­gro místico de la identificación de contrarios), pero sí la vía de purificación del cuatro y el cuadrado (tierra, elemento femenino, materia, razón) para alcanzar el círculo (perfección, eternidad, espíritu). Por esta causa, muchos baptisterios y cimborrios de la Edad Media son de planta octogonal.


“Diccionario de símbolos”
Juan Eduardo Cirlot





CUADRADO

El cuadrado es la expresión geométrica de la cuaternidad, es decir, de la combinación y ordenación regular de cuatro elementos. Por ello mismo, corresponde al simbolismo del número cuatro y a todas las divisiones tetra-partitas de procesos cualesquiera. Su carácter estático y severo, desde el ángulo de la psicología de la forma, explica su utilización tan frecuente en cuanto signifique organización y construcción. Según Jung, el orden cuater­nario de los cursos y formas tiene más valor que el ternario. Sea esto cierto o no, lo que sí es verdad es que, frente al dinamismo general de los números (y las formas geométricas) impares (tres, cinco, triángulo, pentágono), los pares (cuatro, seis, ocho, cuadrado, hexágono, octógono) aparecen como está­ticos, firmes y definidos. De ahí que el modelo ternario sirva más para la explicación de la actividad y el dinamismo (o de lo espiritual puro), mien­tras el modelo cuaternario alude con mayor firmeza a lo material (o intelec­tual racionalista). Los cuatro elementos, las cuatro estaciones, las cuatro edades de la vida, pero sobre todo los cuatro puntos cardinales suministran orden y fijeza al mundo. Esto no impide el carácter femenino que suele atribuirse (tradiciones china, hindú, etc.) al cuadrado, como símbolo prefe­rente de la tierra, en oposición al carácter masculino que se advierte en el circulo (y el triángulo) (32). En el sistema jeroglífico egipcio, el cuadrado significa realización, y la espiral cuadrada, energía constructiva y materiali­zada (19). Sin embargo, el cuadrado colocado sobre uno de sus ángulos ad­quiere un sentido dinámico por entero distinto, que implica un cambio de su significado simbólico. En el período románico se utilizaba ese cuadrado como símbolo solar, asimilándolo al círculo (51).

“Diccionario de símbolos”
Juan Eduardo Cirlot

CIRCULO

A veces se confunde con la circunferencia, como ésta con el movimiento circular. Pero aunque el sentido más general engloba los tres aspectos, hay determinaciones particulares que importa destacar. El círculo o disco es, con frecuencia, emblema solar (indiscutiblemente cuando está rodeado de rayos). También tiene correspondencia con el número 10 (retorno a la uni­dad tras la multiplicidad) (49), por lo que simboliza en muchas ocasiones el cielo y la perfección (4) o también la eternidad (20). Hay una implicación psicológica profunda en este significado del círculo como perfección. Por ello dice Jung que el cuadrado, como número plural mínimo, representa el estado pluralista del hombre que no ha alcanzado la unidad interior (perfección), mientras el círculo correspondería a dicha etapa final. El octógono es el estadio intermedio entre el cuadrado y el círculo. La relación del círculo y el cuadrado es frecuentísima en el mundo de la morfología espiritual universal, pero especialmente en los mándalas de la India y el Tíbet o en los emblemas chinos. Efectivamente, según Chochod. en China, la actividad, el principio masculino (yang), se representa por un círculo blanco (cielo), mientras la pasividad, el- principio femenino (Yin), es figurado como cuadrado negro (tierra). Los círculos blancos corresponden a la energía e influjos celestes; los cuadrados negros, a los impulsos telúricos. El dualismo, en su interacción, es representado por el famoso símbolo del Yang-Yin, círculo dividido por una línea sigmoidea que cruza a manera de diámetro y determina dos zonas iguales; la blanca (Yang) tiene un punto negro en su interior. La negra (Yin) tiene un punto blanco. Estos dos puntitos significan que en lo masculino hay siempre algo de femenino, e inversamente. La línea sigmoidea simboliza el movimiento de comunicación y establece, como la esvástica, el sentido de una rotación ideal que convierte en dinámicas y complementarias las cua­lidades del símbolo bipartido. Esta ley de la polaridad ha sido muy desa­rrollada por los filósofos chinos, quienes han derivado del símbolo descrito una serie de principios de indudable valor, por lo que los transcribimos: a) La cantidad de energía distribuida en el universo es invariable, b) Con­siste en la suma de dos cantidades iguales de energía de signos contrarios; una de signo positivo y activa; otra de signo negativo y receptiva, c) Los fenómenos cósmicos se hallan caracterizados en su naturaleza por las pro­porciones en que intervienen los dos modos energéticos que las producen. En los doce meses del año — por ejemplo — hay una cantidad total de energía constituida por seis partes de Yang y seis de Yin, en proporción varia­ble (13). Hemos de señalar también la relación entre el círculo y la esfera, símbolo de la totalidad.


“Diccionario de símbolos”
Juan Eduardo Cirlot

Mandala (Eduardo Cirlot - Diccionario de símbolos)

Este término hindú significa círculo. Son una forma de yantra (instru­mento, medio, emblema), diagramas geométricos rituales, algunos de los cuales se hallan en concreta correspondencia con un atributo divino deter­minado o una forma de encantamiento (manirá) de la que vienen a ser la cristalización visual (6).

Según Sch. Cammánn, fueron introducidos en el Tíbet desde la India por el gran gurú Padma Sambhava (siglo VIII a. de J. C). Se encuentran en todo Oriente, siempre con la finalidad de servir como ins­trumentos de contemplación y concentración (como ayuda—para precipitar ciertos estados mentales y para ayudar al espíritu a dar ciertos avances en su evolución, desde lo biológico a lo geométrico, desde el reino de las formas corpóreas a lo espiritual).

Según Heinrich Zimmer, no sólo se pintan o dibu­jan, sino que también se construyen tridimensionalmente en ciertas festivi­dades. Lingdam Gomchen, del convento lamaísta de Bhutia Busty, explicó a Cari Gustav Jung el mándala como «una imagen mental que puede ser constituida, mediante la imaginación, sólo por un lama instruido». Afirmó que «ningún mándala es igual a otro»; todos son diferentes, pues exponen—proyectada— la situación psíquica de su autor o la modificación aportada por tal contenido a la idea tradicional del mándala. Es decir, integra es­tructura tradicional e interpretación libre. Sus elementos básicos son figuras geométricas contrapuestas y concéntricas. Por ello se dice que «el mándala es siempre una cuadratura del círculo». Hay textos como el Shri-Chakra-Sambhara-Tantra, que dan reglas para la mejor creación de esa imagen men­tal. Coinciden con el mándala, en su esencia, el esquema de la «Rueda del universo», la «Gran Piedra del Calendario» mexicano, la flor de loto, la flor de oro mítica, la rosa, etc. En un sentido meramente psicológico, cabe asi­milar a mándala todas las figuras que tienen elementos' encerrados en un cuadrado o un círculo, como el horóscopo, el laberinto, el círculo zodiacal, la representación del «Año» e incluso el reloj. Las plantas de edificios circu­lares, cuadradas u octogonales son mándalas. En el aspecto tridimensional, algunos templos obedecen a este esquema de contraposiciones esenciales, simbolizadas por la forma geométrica y el número, siendo la stupa de la India la más característica de tales construcciones. Según el ya citado Cammann, algunos escudos y espejos chinos (en su reverso) son mándalas. El mándala, en resumen, es ante todo una imagen sintética del dualismo entre diferenciación y unificación, variedad y unidad, exterioridad e interio­ridad, diversidad y concentración (32). Excluye, por considerarla superada, la idea del desorden y su simbolización. Es, pues, la exposición plástica, visual, de la lucha suprema entre el orden, aun de lo vario, y el anhelo final de unidad y retorno a la condensación original de lo inespacial e intemporal (al «centro» puro de todas las tradiciones). Pero, como la preocupación orna­mental (es decir, simbólica inconsciente), es también la de ordenar un espacio (caos) dado, cabe el conflicto entre dos posibilidades: la de que algunos presuntos mándalas surjan cíe la simple voluntad (estética o utilitaria) de orden; o de que, en verdad, procedan del anhelo místico de integración suprema.
Para Jung, los mándalas e imágenes concomitantes (precedentes, pa­ralelas o consecuentes) arriba citados, han de provenir de sueños y visiones correspondientes a los más primarios símbolos religiosos de la humanidad, que se hallan ya en el paleolítico (rocas grabadas de Rodesia). Muchas creaciones culturales y artísticas o alegóricas, muchas imágenes de la misma numismática, han de tener relación con este interés primordial de la or­ganización psíquica o interior (correlato de la ordenación exterior, de la que tantas pruebas tenemos en los ritos de fundación de ciudades, templos, división del cielo, orientación, relación del espacio con el tiempo, etc.). La contraposición del círculo, el triángulo y el cuadrado (numéricamente, del uno y el diez, el tres, el cuatro y el siete), desempeñan el papel fundamental de los mejores y más «clásicos» mándalas orientales. Aun cuando el mándala alude siempre a la idea de centro (y no lo representa visible, sino que lo sugiere por la concentricidad de las figuras), presenta también los obstácu­los para su logro y asimilación. El mándala cumple de este modo la función de ayudar al ser humano y aglutinar lo disperso en torno a un eje (el Selbst, de la terminología junguiana). Nótese que es el mismo problema de la alqui­mia, sólo que en modalidad muy distinta de ser enfrentado. Jung dice que el mándala representa un hecho psíquico autónomo, «una especie de átomo nuclear de cuya estructura más íntima y último significado nuda sabemos» (directamente) (32). Mircea Eliade, desde su posición de historiador de las religiones y no psicólogo, busca principalmente en el mándala su objetividad y lo conceptúa como una imago mundi antes que corno proyección de la mente, sin descontar, empero, el hecho.


La construcción de los templos —como el de Borobudur— en forma de mándala tiene por objeto monumentalizar la vivencia y «deformar» el mundo hasta hacerlo apto para expresar la idea de orden supremo en la cual pueda el hombre, el neófito o iniciado, penetrar como entraría en su propio espíritu. En los mándalas de gran ta­maño, dibujados en el suelo mediante hilos de colores o polvo coloreado, se trata de lo mismo. Menos que a la contemplación, sirven a la función ritual de penetrar en su interior gradualmente, identificándose con sus eta­pas y zonas. Este rito es análogo al de la penetración en el laberinto (la búsqueda del «centro») (18) y su carácter psicológico y espiritual es evidente. A veces, los mándalas, en vez de contraponer figuras cerradas, contraponen los números en su expresión geométrica discontinua (cuatro puntos, cinco, tres), que son asimilados entonces a las direcciones cardinales, a los elemen­tos, los colores, etc., enriqueciéndose prodigiosamente por el simbolismo adicional. Los espejos de la dinastía presentan, en torno al centro, la contraposición del cuatro y del ocho, en cinco zonas correspondientes a los cinco elementos (los cuatro materiales y el espíritu o quintaesencia). En Occidente, la alquimia presenta con relativa frecuencia figuras de innegable carácter mandálico, en las que se contraponen el círculo, el triángulo y el cua­drado. Según Heinrich Khunrath, del triángulo en el cuadrado nace el círculo. Hay, a veces, mándalas «perturbados» —señala Jung-^ con formas distintas de las citadas y con números relativos al seis, ocho y "doce, infre­cuentes. En todo mándala en que domine el elemento numérico, el simbolis­mo de los números es el que mejor puede explorar su sentido. Se deben leer considerando superior (principal) lo más próximo al centro. Así, el círculo dentro del cuadrado es composición más evolucionada que inversa­mente. Lo mismo sucede con respecto al triángulo. La lucha del tres y el cuatro parece ser la de los elementos centrales (tres) del espíritu contra los periféricos (cuatro, puntos cardinales, imagen de la exterioridad orde­nada).

El círculo exterior, sin embargo, tiene siempre función unificadora por resumir con la idea de movimiento las contradicciones y diversidades de los ángulos y lados. Luc Benoist explica las características del Shri-Yantra, uno de los instrumentos mandálicos superiores. Está constituido en torno a un punto central, punto metafísico c irradiante de la energía primordial no manifestada y que, por esta causa, no figura en el dibujo. Ese centro virtual está rodeado por una combinación de nueve triángulos, imagen de los mundos trascendentes. Cuatro figuran con el vértice hacia arriba y cinco en posición inversa. El mundo intermediario, o sutil, está figurado en una triple aureola que rodea los triángulos. Luego, un loto de ocho pétalos (rege­neración), otros de dieciséis y un círculo triple, completan la representación del mundo espiritual. Su inclusión en el material está figurada por un triple cuadrado con redientes que expresan la orientación en el espacio (6).

“Diccionario de símbolos”
Juan Eduardo Cirlot

23/9/08

VALOR Y DIRECCIÓN DE LAS CUATRO FUNCIONES DE LA CONCIENCIA (esquema análogo al yin-yang)


Del libro:
"La psicología de C. G. Jung" de Jolande Jacobi

LAS CUATRO FUNCIONES DE LA CONCIENCIA (esquema)


Del libro:
"La psicología de C. G. Jung" de Jolande Jacobi

EL INCONCIENTE (esquema)


Del libro:
"La psicología de C. G. Jung" de Jolande Jacobi