¿Qué es un laberinto?
El laberinto primigenio siempre ha tenido en esencia la misma forma. A partir de una cruz, van surgiendo círculos que acaban formando un camino entrelazado. Este sendero no tiene bifurcaciones, ni callejones sin salida o falsos caminos. Conduce hacia adentro y hacia fuera, siempre es de entrada y salida y se dirige finalmente hacia el centro. Allí se encuentra el punto de regreso y el mismo camino conduce de nuevo al exterior.
El origen del laberinto
El laberinto tiene sus orígenes en el área mediterránea. El más antiguo se encontró en el yacimiento griego de Pylos, en uno de cuyos palacios se hallaron unas tablillas de barro de unos 3.200 años de antigüedad que se habían cocido debido a un incendio en el palacio. Una de esas tablillas tenía grabado un laberinto.
Se desconoce cuál fue la cultura que descubrió este símbolo y tampoco se sabe qué significa exactamente la palabra “laberinto”. Pero existe una leyenda muy conocida relativa a un laberinto en Creta y de ahí proviene la creencia de que su origen es cretense y su forma más antigua se denomina laberinto cretense o clásico.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
11/8/09
LABERINTOS 1 / La leyenda del Minotauro
Cuenta la leyenda que Pasíafe, esposa de Minos, rey de Creta, se enamoró perdidamente de un toro y dio a luz al Minotauro, una horrenda criatura, mitad hombre, mitad toro.
Minos encargó a su arquitecto Dédalo que construyera un laberinto para encerrar al monstruo.
Tras perder una campaña militar, los atenienses fueron obligados a enviar cada nueve años a Creta a siete jóvenes varones y siete doncellas para ser ofrecidos en sacrificio al Minotauro. Pero llegó un día en que entre los escogidos se encontraba Teseo, el joven hijo del rey de Atenas. Una vez en Creta, Teseo se encontró con la hija del rey Minos, Ariadna, la cual se enamoró de él y le entregó un hilo antes de que se adentrara en el laberinto. Teseo mató al Minotauro y, con la ayuda del hilo de Ariadna, logró salir del laberinto junto con los rehenes que liberó. Regresó a casa y se convirtió en rey de Atenas.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
El cosmos y el mundo
Al unir el cuadrado y el círculo, el laberinto simboliza la totalidad del universo. La Tierra (cuadrado) y el Cielo (círculo) se funden en un solo signo.
El ser humano se ha considerado siempre a sí mismo el punto de intersección del todo porque une cuerpo y espíritu y ambos se manifiestan con gran fuerza en él.
Los indios Hopi consideran el laberinto como el matrimonio entre el Padre Sol y la Madre Tierra. El cristianismo ve aún más claramente esta unión en la figura de Jesucristo que era hombre y Dios. Pero el laberinto cristiano no es un símbolo de Cristo, sino que permanece como símbolo del hombre terrenal, del mundo. En el mundo terrenal se inserta la cruz: el hombre, convertido en Cristo, une el cosmos y el mundo. En el laberinto cristiano la cruz está en el centro y todos los caminos se organizan en torno a ella.
El miedo y la muerte
Aquél que penetra en el laberinto, queda encerrado en él. No hay ninguna desviación posible y es impredecible. Todo esto causa miedo porque se desconoce si el camino se puede realmente efectuar. Lo que el camino le depara a uno es incierto: la lógica o absurdidad, o todo o nada, el amor o el monstruo. El misterio de la muerte está estrechamente ligado a estas cuestiones. La oruga desaparece y surge la mariposa, la semilla cae en la tierra, muere y se convierte en árbol. ¿Y qué nos sucede a nosotros cuando morimos? ¿Dónde acaba realmente el laberinto?.
El camino dentro del laberinto es una senda de muerte, un recorrido por el más allá. El camino hacia la salida simboliza el renacer. Por eso el laberinto es un símbolo de la muerte y, a la vez, de renacimiento.
El nacimiento y el renacimiento
El parto figura entre los acontecimientos más complejos y dolorosos de la naturaleza. Mientras las crías de muchas especies vienen al mundo de una manera sencilla, el nacimiento de un bebé humano implica un largo e intrincado camino al que acompañan una sensación de estrechez, una fuerza extraordinaria, dolor, miedo e, incluso, peligro de muerte.
Actualmente se sabe que, desde el punto de vista anatómico, es un camino corto y recto. Pero necesita su tiempo y requiere energía, entrega y privaciones. Un camino no puede recorrerse sin dolor ni renuncias. Antes de alcanzar el objetivo, y con la alegría de la llegada, hay que sufrir dolor y cambios físicos.
Cuando el sabio Nicodemo filosofaba con Jesús sobre los temas más elevados, éste solía recurrir a la imagen del parto para ejemplificar ante el sabio la llegada espiritual al mundo: “Quien no nazca de nuevo, no podrá entrar en el reino de Dios” (San Juan 3, 3).
Tal vez la imagen del laberinto pueda recordar anatómicamente al útero materno, pero en el fondo se trata más bien de una representación simbólica de las dificultades que entraña el parto, comparables a las del nacimiento espiritual.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
Al unir el cuadrado y el círculo, el laberinto simboliza la totalidad del universo. La Tierra (cuadrado) y el Cielo (círculo) se funden en un solo signo.
El ser humano se ha considerado siempre a sí mismo el punto de intersección del todo porque une cuerpo y espíritu y ambos se manifiestan con gran fuerza en él.
Los indios Hopi consideran el laberinto como el matrimonio entre el Padre Sol y la Madre Tierra. El cristianismo ve aún más claramente esta unión en la figura de Jesucristo que era hombre y Dios. Pero el laberinto cristiano no es un símbolo de Cristo, sino que permanece como símbolo del hombre terrenal, del mundo. En el mundo terrenal se inserta la cruz: el hombre, convertido en Cristo, une el cosmos y el mundo. En el laberinto cristiano la cruz está en el centro y todos los caminos se organizan en torno a ella.
El miedo y la muerte
Aquél que penetra en el laberinto, queda encerrado en él. No hay ninguna desviación posible y es impredecible. Todo esto causa miedo porque se desconoce si el camino se puede realmente efectuar. Lo que el camino le depara a uno es incierto: la lógica o absurdidad, o todo o nada, el amor o el monstruo. El misterio de la muerte está estrechamente ligado a estas cuestiones. La oruga desaparece y surge la mariposa, la semilla cae en la tierra, muere y se convierte en árbol. ¿Y qué nos sucede a nosotros cuando morimos? ¿Dónde acaba realmente el laberinto?.
El camino dentro del laberinto es una senda de muerte, un recorrido por el más allá. El camino hacia la salida simboliza el renacer. Por eso el laberinto es un símbolo de la muerte y, a la vez, de renacimiento.
El nacimiento y el renacimiento
El parto figura entre los acontecimientos más complejos y dolorosos de la naturaleza. Mientras las crías de muchas especies vienen al mundo de una manera sencilla, el nacimiento de un bebé humano implica un largo e intrincado camino al que acompañan una sensación de estrechez, una fuerza extraordinaria, dolor, miedo e, incluso, peligro de muerte.
Actualmente se sabe que, desde el punto de vista anatómico, es un camino corto y recto. Pero necesita su tiempo y requiere energía, entrega y privaciones. Un camino no puede recorrerse sin dolor ni renuncias. Antes de alcanzar el objetivo, y con la alegría de la llegada, hay que sufrir dolor y cambios físicos.
Cuando el sabio Nicodemo filosofaba con Jesús sobre los temas más elevados, éste solía recurrir a la imagen del parto para ejemplificar ante el sabio la llegada espiritual al mundo: “Quien no nazca de nuevo, no podrá entrar en el reino de Dios” (San Juan 3, 3).
Tal vez la imagen del laberinto pueda recordar anatómicamente al útero materno, pero en el fondo se trata más bien de una representación simbólica de las dificultades que entraña el parto, comparables a las del nacimiento espiritual.
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LABERINTOS 4 / Regreso, liberación, concentración
El regreso y la liberación
El laberinto ofrece una imagen de retorno ya que, tras un camino difícil e intrincado, uno se encuentra en un callejón sin salida. La única alternativa posible es volver sobre lo andado. La necesidad de regresar está muy presente. En este momento surge la conciencia de la liberación: liberarse del miedo, de la muerte y del dolor.
Todo ello significa la liberación de este mundo y, con ello, también escapar del laberinto. El regreso permite, finalmente, abandonar el laberinto, dejarlo atrás.
Una de las principales creencias del cristianismo se basa en el hecho de que el hombre sólo puede salvarse si vuelva sobre sus propios pasos, entendiendo esto como un regreso a la fe y se relaciona, a su vez, con la condena del mal y el encauzar al hombre hacia las buenas acciones.
La concentración
Muchos de los que se adentran en un laberinto experimentan un “cambio espacial”. Al penetrar nos encontramos en un espacio totalmente cerrado y abandonamos el lugar en el que nos encontrábamos. La certeza de no tener que buscar el camino correcto porque sólo hay uno posible hace que nos concentremos en el interior rápidamente.
En un laberinto bien construido, el camino a seguir provoca un ritmo que favorece el acto de centrarse únicamente en nuestro mundo interior. Del mismo modo, los giros del camino nos permiten dar vueltas sobre nuestro propio eje. A través de un sencillo recorrido, el laberinto puede conducirnos a un estado de concentración que requeriría un mayor tiempo de preparación y ejercitación si empleáramos otras técnicas de relajación.
Las murallas de la ciudad
Algunos laberintos se denominan “Ciudad de Troya” en referencia a la antigua ciudad de Troya cuyas impresionantes murallas fueron imposibles de traspasar, salvo por una artimaña. Sobre la antigua ciudad de Jericó se cuenta una historia parecida, ya que también era una ciudad considerada inexpugnable que sólo mediante la ayuda divina pudo llegar a conquistarse. Existe otra ciudad relacionada con un laberinto: según un cronista de la época, durante la celebración de la fundación de Constantinopla, se realizó una danza del laberinto.
El laberinto simboliza un muro resistente y es un signo de fortaleza inexpugnable. Además simboliza también la entrega y el compromiso que requiere el esfuerzo necesario para llevar a cabo valiosas e importantes conquistas.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
El laberinto ofrece una imagen de retorno ya que, tras un camino difícil e intrincado, uno se encuentra en un callejón sin salida. La única alternativa posible es volver sobre lo andado. La necesidad de regresar está muy presente. En este momento surge la conciencia de la liberación: liberarse del miedo, de la muerte y del dolor.
Todo ello significa la liberación de este mundo y, con ello, también escapar del laberinto. El regreso permite, finalmente, abandonar el laberinto, dejarlo atrás.
Una de las principales creencias del cristianismo se basa en el hecho de que el hombre sólo puede salvarse si vuelva sobre sus propios pasos, entendiendo esto como un regreso a la fe y se relaciona, a su vez, con la condena del mal y el encauzar al hombre hacia las buenas acciones.
La concentración
Muchos de los que se adentran en un laberinto experimentan un “cambio espacial”. Al penetrar nos encontramos en un espacio totalmente cerrado y abandonamos el lugar en el que nos encontrábamos. La certeza de no tener que buscar el camino correcto porque sólo hay uno posible hace que nos concentremos en el interior rápidamente.
En un laberinto bien construido, el camino a seguir provoca un ritmo que favorece el acto de centrarse únicamente en nuestro mundo interior. Del mismo modo, los giros del camino nos permiten dar vueltas sobre nuestro propio eje. A través de un sencillo recorrido, el laberinto puede conducirnos a un estado de concentración que requeriría un mayor tiempo de preparación y ejercitación si empleáramos otras técnicas de relajación.
Las murallas de la ciudad
Algunos laberintos se denominan “Ciudad de Troya” en referencia a la antigua ciudad de Troya cuyas impresionantes murallas fueron imposibles de traspasar, salvo por una artimaña. Sobre la antigua ciudad de Jericó se cuenta una historia parecida, ya que también era una ciudad considerada inexpugnable que sólo mediante la ayuda divina pudo llegar a conquistarse. Existe otra ciudad relacionada con un laberinto: según un cronista de la época, durante la celebración de la fundación de Constantinopla, se realizó una danza del laberinto.
El laberinto simboliza un muro resistente y es un signo de fortaleza inexpugnable. Además simboliza también la entrega y el compromiso que requiere el esfuerzo necesario para llevar a cabo valiosas e importantes conquistas.
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LABERINTOS 3 / El camino y la trayectoria vital
La interpretación principal del laberinto es a través de su simbología, como metáfora de la trayectoria vital humana.
Quien se adentra en él, tiene ante sí de inmediato el objetivo. Aunque la distancia puede parecerle corta, la maraña del camino lleva alrededor del centro y después incluso más lejos, hacia los recovecos del laberinto. Paulatinamente surgen las preguntas: ¿estoy yendo por el buen camino?, ¿tiene sentido continuar? Y, entre tanto, la meta hace mucho que desapareció de nuestra vista.
Tarde o temprano, se vuelve cerca del lugar de partida, por lo que no se aprecia ningún progreso. Después de haber caminado mucho, ahora casi se vuelve al punto inicial. Pero el camino parece girar de nuevo hacia el centro. Y después, de una forma repentina e imprevista, uno se encuentra en el centro.
La distancia entre el punto de partida y el centro en los laberintos de las iglesias góticas es de aproximadamente 6 metros y, de hecho, se recorren unos 240 metros. El camino es 40 veces más largo y no hay ningún atajo, por lo que debe recorrerse y experimentarse en todo su recorrido. La única alternativa posible es permanecer quieto, renunciar al camino. Pero, desde luego, esto no conduce a la meta. Al recorrerlo, no podemos evitar o saltar ninguna etapa: las curvas o cambio de sentido, las buenas o malas experiencias, todos los días y todos los pasos. Uno camina y camina y tiene la sensación de que, con cada paso que da, está retrocediendo.
El laberinto contiene once galerías. En el Cristianismo, en número once simboliza la imperfección. Cuando iniciamos el camino lo hacemos siempre como seres humanos imperfectos, con todos los fallos y errores que ello comporta. Nadie puede escapar a este hecho, ni siquiera aquellos que inician una búsqueda sincera y devota. La imperfección y la culpa no pueden desvincularse de la trayectoria vital humana.
El laberinto es una señal que apunta que el camino del ser humano hacia su propio interior requiere un gran esfuerzo. La velocidad y la falta de entrega no sirven de nada. Quien quiera sentir en su interior a Dios y el sentido de la vida, ha de saber que se está aventurado y, por lo tanto, debe estar dispuesto a seguir el camino en todas sus curvas y en toda su desconocida extensión.
El laberinto es un símbolo de la vida, incluso cuando ésta marcada por la imperfección, el sufrimiento, el distanciamiento, la confusión, el fracaso y los momentos difíciles, el laberinto es un nuevo aliento y una invitación a ponerse en camino. Nos animará a seguir porque hay una meta: al final del camino se encuentra el centro.
“Nadie está tan cerca como para no poder llegar muy lejos.
Nadie está tan lejos como para no poder encontrar el centro.
Ninguno de los tramos del camino es más decisivo que todo el camino en su conjunto:
la proximidad y la lejanía, el principio y el fin”
Wilhelm Müller
“Laberintos”
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LABERINTOS 5 / El secreto del camino de salida
El laberinto tiene dos caminos: el que va hacia el centro y el que parte de él y se dirige hacia el exterior. Teseo no necesitó ayuda para encontrar al Minotauro en el centro, pero recurrió al hilo de Ariadna para hallar el camino de salida. Es más fácil partir hacia una hazaña heroica que enfrentarse al amor. El camino hacia el interior es más atractivo porque conduce hacia un objetivo. El camino de salida del laberinto es, en cambio, más tranquilo y humilde. Puesto que ya lo conocemos, puede parecer largo, incluso demasiado para algunos. Pero es necesario hacer este camino de regreso para hacer recapitulación de lo ocurrido. Aquél que considere el camino de salida poco importante, irá corriendo de aventura en aventura como un héroe, pero sólo conseguirá estar más angustiado, infeliz y también falto de amor.
El camino de salida es el de regreso a casa. Una vez que se ha completado la aventura, se alcanza el conocimiento, sin embargo, ahora comienza lo realmente importante. El que sale a toda prisa del laberinto, con la creencia de que por haber alcanzado el centro, su camino ha concluido, se pierde la parte más importante del camino. Pues el camino de salida nos conduce a la bondad, a la humildad y al amor.
El camino de salida es el de regreso a casa. Una vez que se ha completado la aventura, se alcanza el conocimiento, sin embargo, ahora comienza lo realmente importante. El que sale a toda prisa del laberinto, con la creencia de que por haber alcanzado el centro, su camino ha concluido, se pierde la parte más importante del camino. Pues el camino de salida nos conduce a la bondad, a la humildad y al amor.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
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9/6/09
SECRETO DE LA FLOR DE ORO 8 / Consumación
El creciente conocimiento del Este espiritual sólo puede significar una expresión simbólica del hecho de que comenzamos a entrar en contacto con lo todavía foráneo en nosotros. Renegar de nuestras propias premisas históricas sería puro disparate, y el mejor camino hacia un nuevo desarraigamiento. Sólo manteniéndonos firmes sobre nuestra propia tierra podemos asimilar el espíritu del Este. Gu De dice: “La gente del mundo perdió las raíces y se tomó a las copas”, para caracterizar a los que no saben dónde están los verdaderos orígenes de las fuerzas secretas. El espíritu del Este ha nacido de la tierra amarilla; nuestro espíritu puede y debe nacer sólo de nuestra tierra. Por eso, me aproximo a estos problemas de una manera que se ha criticado a menudo como "psicologismo". Si con ello fuera dado a entender "psicología", estaría yo halagado, porque es mi intención real apartar sin merced la pretensión metafísica de todas las enseñanzas secretas, ya que tales secretos objetivos de poderío de las palabras concuerdan mal con el hecho de nuestra profunda ignorancia, que habría que tener la discreción de confesar. Quiero, con la intención más plena, traer a la luz del comprender psicológico ciertas cosas de sonido metafísico, y hacer lo que me sea posible para impedir al público creer en oscuras palabras de poder.
(…)
Comprender metafísicamente, es imposible; sólo puede hacérselo psicológicamente. En consecuencia, desnudo a las cosas de sus aspectos metafísicos para hacerlas objeto de la psicología. Así puedo al menos extraer de ellas algo comprensible y apropiármelo; y además aprendo de tal modo condiciones y procesos psicológicos que antes estaban velados en símbolos y sustraídos a mi inteligencia. Así alcanzo también la posibilidad de recorrer un camino similar y hacer una similar experiencia y, si hubiera todavía al final tras de ello algo metafísico irrepresentable, tendría la mejor ocasión de manifestarlo.
(…)
Si acepto que un dios sea absoluto, y más allá de toda experiencia humana, ese dios me deja frío. No obro sobre él, y tampoco él sobre mí. Si, en cambio, sé que un dios es una poderosa actividad de mi alma, debo entonces ocuparme de él pues puede hacerse hasta desagradablemente importante, incluso en la práctica, cosa que suena enormemente trivial como todo lo que aparece en la esfera de la realidad.
(…) el alma es un mundo en el que está contenido el yo.
(…)Ante todo y en tal medida, es sólo "psicología", pero también en la medida en que es experimentable, comprensible y —gracias a Dios— real, es una realidad con la que algo se puede hacer, una realidad con posibilidades y por lo tanto viviente.
(…)Debería evitarse toda afirmación sobre lo trascendental, pues sólo es, siempre, una ridícula presunción del espíritu humano, inconsciente de sus limitaciones. Por eso, cuando se califica a Dios o a Tao como una conmoción o un estado del alma, con ello sólo se afirma algo sobre lo cognoscible y no sobre lo incognoscible. De lo último nada puede decirse.
(…)
Comprender metafísicamente, es imposible; sólo puede hacérselo psicológicamente. En consecuencia, desnudo a las cosas de sus aspectos metafísicos para hacerlas objeto de la psicología. Así puedo al menos extraer de ellas algo comprensible y apropiármelo; y además aprendo de tal modo condiciones y procesos psicológicos que antes estaban velados en símbolos y sustraídos a mi inteligencia. Así alcanzo también la posibilidad de recorrer un camino similar y hacer una similar experiencia y, si hubiera todavía al final tras de ello algo metafísico irrepresentable, tendría la mejor ocasión de manifestarlo.
(…)
Si acepto que un dios sea absoluto, y más allá de toda experiencia humana, ese dios me deja frío. No obro sobre él, y tampoco él sobre mí. Si, en cambio, sé que un dios es una poderosa actividad de mi alma, debo entonces ocuparme de él pues puede hacerse hasta desagradablemente importante, incluso en la práctica, cosa que suena enormemente trivial como todo lo que aparece en la esfera de la realidad.
(…) el alma es un mundo en el que está contenido el yo.
(…)Ante todo y en tal medida, es sólo "psicología", pero también en la medida en que es experimentable, comprensible y —gracias a Dios— real, es una realidad con la que algo se puede hacer, una realidad con posibilidades y por lo tanto viviente.
(…)Debería evitarse toda afirmación sobre lo trascendental, pues sólo es, siempre, una ridícula presunción del espíritu humano, inconsciente de sus limitaciones. Por eso, cuando se califica a Dios o a Tao como una conmoción o un estado del alma, con ello sólo se afirma algo sobre lo cognoscible y no sobre lo incognoscible. De lo último nada puede decirse.
"El secreto de la Flor de Oro", Carl Jung.
23/5/09
SECRETO DE LA FLOR DE ORO 7 / Desligamiento de la conciencia
Mediante el comprender nos liberamos de la dominación por lo inconsciente. Éste es, en el fondo, también el objetivo de las instrucciones de nuestro texto. El discípulo es enseñado cómo debe concentrarse sobre la Luz del recinto más interno y, con ello, soltarse de todos los encadenamientos externos e internos. Su voluntad de vida es dirigida al estado de con¬ciencia sin contenido que, no obstante, deja existir todos los contenidos. El Huí Ming King dice sobre el desligamiento:
"Un resplandor de Luz circunda el mundo del espíritu,
Se olvida uno a otro, quieto y puro, por completo potente y vacío,
Lo vacío es traslucido por el fulgor del Corazón del Cielo.
El agua de mar es lisa y refleja *en su superficie la luna.
Las nubes se atenúan en el espacio azul.
Las montañas lucen claras.
La conciencia se disuelve en el contemplar,
El disco de la luna reposa solitario."
Esa característica de la consumación describe un estado anímico que quizás pueda designarse del mejor modo corno una separación de la conciencia respecto del mundo y un retrai¬miento de la misma a un punto por decir así extramundano. De tal modo, la conciencia está vacía y no-vacía. Ya no está más preocupada por las imágenes de las cosas, sencillamente las contiene. La anterior plenitud del mundo, inmediata y oprimente, por cierto nada ha perdido de su abundancia y su belleza, pero no domina más a la conciencia. Ha cesado la pretensión mágica de las cosas, pues se ha desenredado el pri¬mitivo entrelazamiento de la conciencia con el mundo. Lo inconsciente ya no es proyectado, por cuyo motivo es anulada la participation mystique original con las cosas. En con¬secuencia, la conciencia ya no está colmada de intenciones compulsivas, sino que pasa a contemplar, como muy bien dice el texto chino.
¿Cómo se llega a producir este efecto? No se lo hace con el sentir ex¬terno, pues nada sería más infantil que querer hacer estético tal estado anímico. Se trata aquí de un efecto que conozco muy bien a partir de mi práctica médica; es el efecto terapéu¬tico par excellence, por el que me ocupo con mis discípulos y pacientes: la disolución de la participation mystique. Lévy-Bruhl1 con visión genial, ha expuesto como signo distintivo de la mentalidad primitiva lo que llamó participation mystiqnc. Lo que designó no es otra cosa que el resto, indeterminada¬mente grande, de indiferenciación entre sujeto y objeto, que en los primitivos posee todavía dimensiones tales que no puede dejar de sorprender a los hombres de conciencia europea. Mien¬tras no sea consciente la distinción entre sujeto y objeto, reina la identidad inconsciente. Entonces lo inconsciente es proyec¬tado sobre el objeto, y el objeto introyectado en el sujeto, es decir, psicologizado. Animales y plantas se conducen entonces como hombres, los hombres son simultáneamente animales, y todo está animado con espectros y dioses. El hombre de cul¬tura se cree, claro está, inmensamente elevado por encima de esas cosas. Pero a menudo se halla, durante su vida en¬tera, identificado con los padres, identificado con sus afec¬tos y prejuicios, y afirma del otro, impúdicamente, lo que no quiere ver en sí mismo. Precisamente tiene todavía también un resto de inconsciencia inicial, es decir, de indiferenciación de sujeto y objeto. En virtud de esa inconsciencia es afectado mágicamente por incontables hombres, cosas y circunstancias, o sea, incondicionalmente influido; está colmado casi tanto de contenidos perturbadores como el primitivo, y por consiguiente emplea igual cantidad de magia apotropéyica. Pero sus prácticas mágicas no las realiza más con bolsitas medicinales, amuletos y sacrificios animales, sino con remedios para los ner¬vios, neurosis, "ilustración", cultos de la voluntad, etc.
Ahora bien, si se logra reconocer lo inconsciente como magnitud co-condicionante al par de la conciencia, y vivir de manera que las exigencias conscientes e inconscientes (o sea instintivas) sean en lo posible tomadas en consideración, el centro de gravedad de la personalidad no es más el yo, que es un mero centro de conciencia, sino un punto, por así decir, virtual entre lo consciente y lo inconsciente, al que cabe de¬signar como sí-mismo. Si se logra tal trasposición, el resultado es la anulación de la participation mystique y de ello nace una personalidad que, por decirlo así, sufre sólo en los pisos infe¬riores pero está en los superiores singularmente alejada del acontecer penoso o gozoso.
La producción y nacimiento de esa personalidad es lo que nuestro texto tiene por objetivo cuando habla del "fruto santo", del "cuerpo diamantino" o, de alguna otra manera, acerca de un cuerpo imputrescible. Tales expresiones son psi¬cológicamente simbólicas de una actitud invulnerable al con¬flicto emocional incondicionado y con ello a la conmoción vio¬lenta; en otras palabras, simbolizan una conciencia desligada del mundo. Tengo razones para creer que ésta sea realmente una preparación natural para la muerte, que se instituye des¬pués de la mitad de la vida. Para el alma la muerte es tan importante como el nacimiento y, como éste, un elemento integrante de la vida. (…) La muerte, en efecto, vista psicológicamente de manera co¬rrecta, no es un término sino una meta, por lo tanto comienza la vida para la muerte tan pronto como se sobrepasa la altura del mediodía.
La filosofía del yoga chino se erige sobre el hecho de esa preparación instintiva para la muerte como meta y, en ana¬logía con la meta de la primera mitad de la vida, o sea, la generación y propagación, el medio de perpetuar la vida fí¬sica, pone como objetivo de la existencia espiritual la genera¬ción y nacimiento simbólicos de un "cuerpo-hálito" psíquico (subtle body), que asegura la continuidad de la conciencia desligada. Es el nacimiento del hombre neumático, conocido desde la antigüedad por el europeo, quien busca empero al¬canzarlo con símbolos y procedimientos mágicos completa¬mente diferentes, con fe y conducta cristianas. También aquí nos hallamos otra vez sobre una base totalmente distinta a la del Este. De nuevo suena por cierto nuestro texto como si no estuviese distante de la moral ascético-cristiana. (…) Quien vive sus instintos puede también separarse de ellos, y eso de manera tan natural como los ha vivido. Nada sería más ajeno a nuestro texto que el heroico vencerse a sí mismo, a lo cual empero vendría a parar infaliblemente entre nosotros si observásemos literal¬mente las instrucciones chinas.
(…) Para mantener de alguna manera esa altura por fuerza había que reprimir ampliamente la esfera de los instintos. Por eso la práctica religiosa y la moral adoptaron un carácter manifiestamente brutal, casi maligno. Natural¬mente, lo reprimido no se desarrolla, sino que sigue vegetan¬do, en primitiva barbarie, en lo inconsciente. (…) Aún no están cu¬radas las heridas de Amfortas y el desgarramiento fáustico del hombre germánico. Su inconsciente está todavía cargado de esos contenidos, que en primer lugar deben hacerse cons¬cientes antes de que pueda uno librarse de ellos. Hace poco, recibí una carta de una antigua paciente, que describe con palabras sencillas pero justas la trasposición necesaria: "De lo malo me ha venido mucho bueno. El mantenerme calma, no reprimir, estar atenta, y al mismo tiempo aceptar la realidad —las cosas como son, y no como yo las querría— me ha pro¬curado un raro discernimiento, y también fuerzas pocos co¬munes, que antes ni siquiera hubiera podido imaginar. Pen¬saba yo siempre que, si se aceptan las cosas, la abruman a una de alguna manera; ahora bien, esto no es de ningún modo así, y sólo al aceptarlas puede adoptarse una posición hacia ellas. [¡Anulación de la participación mystiquel!] De modo que jugaré ahora al juego del vivir, aceptando lo que cada vez me traen el día y la vida, bueno y malo, sol y sombra, que constantemente cambian, y así acepto también mi propia na¬turaleza con su positivo y negativo, y todo se hará más vi¬viente. ¡Qué tonta era! ¡Cómo he querido forzar todo según mi cabeza!"
Únicamente sobre la base de una actitud tal, que no re¬nuncia a ninguno de los valores adquiridos durante el des¬arrollo cristiano sino que, por lo contrario, acepta, también con amor y longanimidad cristianos lo más humilde en la propia naturaleza, se hará posible un nivel superior de con¬ciencia y cultura. Esa actitud es religiosa, en su más legítimo sentido, y por lo tanto terapéutica, pues todas las religiones son terapias para los sufrimientos y perturbaciones del alma. El desarrollo del intelecto y voluntad occidentales nos ha otor¬gado la capacidad casi diabólica de imitar, aparentemente con éxito, esa actitud, a pesar de las protestas de lo inconsciente. Pero es siempre cuestión de tiempo que se abra paso de alguna manera la posición contraria, con un contraste tanto más crudo. Con el cómodo imitar invariablemente se crea una si¬tuación insegura, que a cada momento puede ser derribada por lo inconsciente. Surge una base segura sólo cuando las premisas instintivas de lo inconsciente son tomadas en igual consideración que el punto de vista de la conciencia. Pero no nos engañemos: esa necesidad se halla en oposición violenta con el culto cristiano-occidental de la conciencia, y en espe¬cial el protestante. A pesar, sin embargo, de que parezca lo nuevo ser constantemente enemigo de lo antiguo, un más pro¬fundo deseo de comprender no puede menos que descubrir que, sin la aplicación más seria de los valores cristianos con¬quistados, tampoco puede en absoluto llegar lo nuevo a esta¬blecerse.
"El secreto de la Flor de Oro", Carl Jung
"Un resplandor de Luz circunda el mundo del espíritu,
Se olvida uno a otro, quieto y puro, por completo potente y vacío,
Lo vacío es traslucido por el fulgor del Corazón del Cielo.
El agua de mar es lisa y refleja *en su superficie la luna.
Las nubes se atenúan en el espacio azul.
Las montañas lucen claras.
La conciencia se disuelve en el contemplar,
El disco de la luna reposa solitario."
Esa característica de la consumación describe un estado anímico que quizás pueda designarse del mejor modo corno una separación de la conciencia respecto del mundo y un retrai¬miento de la misma a un punto por decir así extramundano. De tal modo, la conciencia está vacía y no-vacía. Ya no está más preocupada por las imágenes de las cosas, sencillamente las contiene. La anterior plenitud del mundo, inmediata y oprimente, por cierto nada ha perdido de su abundancia y su belleza, pero no domina más a la conciencia. Ha cesado la pretensión mágica de las cosas, pues se ha desenredado el pri¬mitivo entrelazamiento de la conciencia con el mundo. Lo inconsciente ya no es proyectado, por cuyo motivo es anulada la participation mystique original con las cosas. En con¬secuencia, la conciencia ya no está colmada de intenciones compulsivas, sino que pasa a contemplar, como muy bien dice el texto chino.
¿Cómo se llega a producir este efecto? No se lo hace con el sentir ex¬terno, pues nada sería más infantil que querer hacer estético tal estado anímico. Se trata aquí de un efecto que conozco muy bien a partir de mi práctica médica; es el efecto terapéu¬tico par excellence, por el que me ocupo con mis discípulos y pacientes: la disolución de la participation mystique. Lévy-Bruhl1 con visión genial, ha expuesto como signo distintivo de la mentalidad primitiva lo que llamó participation mystiqnc. Lo que designó no es otra cosa que el resto, indeterminada¬mente grande, de indiferenciación entre sujeto y objeto, que en los primitivos posee todavía dimensiones tales que no puede dejar de sorprender a los hombres de conciencia europea. Mien¬tras no sea consciente la distinción entre sujeto y objeto, reina la identidad inconsciente. Entonces lo inconsciente es proyec¬tado sobre el objeto, y el objeto introyectado en el sujeto, es decir, psicologizado. Animales y plantas se conducen entonces como hombres, los hombres son simultáneamente animales, y todo está animado con espectros y dioses. El hombre de cul¬tura se cree, claro está, inmensamente elevado por encima de esas cosas. Pero a menudo se halla, durante su vida en¬tera, identificado con los padres, identificado con sus afec¬tos y prejuicios, y afirma del otro, impúdicamente, lo que no quiere ver en sí mismo. Precisamente tiene todavía también un resto de inconsciencia inicial, es decir, de indiferenciación de sujeto y objeto. En virtud de esa inconsciencia es afectado mágicamente por incontables hombres, cosas y circunstancias, o sea, incondicionalmente influido; está colmado casi tanto de contenidos perturbadores como el primitivo, y por consiguiente emplea igual cantidad de magia apotropéyica. Pero sus prácticas mágicas no las realiza más con bolsitas medicinales, amuletos y sacrificios animales, sino con remedios para los ner¬vios, neurosis, "ilustración", cultos de la voluntad, etc.
Ahora bien, si se logra reconocer lo inconsciente como magnitud co-condicionante al par de la conciencia, y vivir de manera que las exigencias conscientes e inconscientes (o sea instintivas) sean en lo posible tomadas en consideración, el centro de gravedad de la personalidad no es más el yo, que es un mero centro de conciencia, sino un punto, por así decir, virtual entre lo consciente y lo inconsciente, al que cabe de¬signar como sí-mismo. Si se logra tal trasposición, el resultado es la anulación de la participation mystique y de ello nace una personalidad que, por decirlo así, sufre sólo en los pisos infe¬riores pero está en los superiores singularmente alejada del acontecer penoso o gozoso.
La producción y nacimiento de esa personalidad es lo que nuestro texto tiene por objetivo cuando habla del "fruto santo", del "cuerpo diamantino" o, de alguna otra manera, acerca de un cuerpo imputrescible. Tales expresiones son psi¬cológicamente simbólicas de una actitud invulnerable al con¬flicto emocional incondicionado y con ello a la conmoción vio¬lenta; en otras palabras, simbolizan una conciencia desligada del mundo. Tengo razones para creer que ésta sea realmente una preparación natural para la muerte, que se instituye des¬pués de la mitad de la vida. Para el alma la muerte es tan importante como el nacimiento y, como éste, un elemento integrante de la vida. (…) La muerte, en efecto, vista psicológicamente de manera co¬rrecta, no es un término sino una meta, por lo tanto comienza la vida para la muerte tan pronto como se sobrepasa la altura del mediodía.
La filosofía del yoga chino se erige sobre el hecho de esa preparación instintiva para la muerte como meta y, en ana¬logía con la meta de la primera mitad de la vida, o sea, la generación y propagación, el medio de perpetuar la vida fí¬sica, pone como objetivo de la existencia espiritual la genera¬ción y nacimiento simbólicos de un "cuerpo-hálito" psíquico (subtle body), que asegura la continuidad de la conciencia desligada. Es el nacimiento del hombre neumático, conocido desde la antigüedad por el europeo, quien busca empero al¬canzarlo con símbolos y procedimientos mágicos completa¬mente diferentes, con fe y conducta cristianas. También aquí nos hallamos otra vez sobre una base totalmente distinta a la del Este. De nuevo suena por cierto nuestro texto como si no estuviese distante de la moral ascético-cristiana. (…) Quien vive sus instintos puede también separarse de ellos, y eso de manera tan natural como los ha vivido. Nada sería más ajeno a nuestro texto que el heroico vencerse a sí mismo, a lo cual empero vendría a parar infaliblemente entre nosotros si observásemos literal¬mente las instrucciones chinas.
(…) Para mantener de alguna manera esa altura por fuerza había que reprimir ampliamente la esfera de los instintos. Por eso la práctica religiosa y la moral adoptaron un carácter manifiestamente brutal, casi maligno. Natural¬mente, lo reprimido no se desarrolla, sino que sigue vegetan¬do, en primitiva barbarie, en lo inconsciente. (…) Aún no están cu¬radas las heridas de Amfortas y el desgarramiento fáustico del hombre germánico. Su inconsciente está todavía cargado de esos contenidos, que en primer lugar deben hacerse cons¬cientes antes de que pueda uno librarse de ellos. Hace poco, recibí una carta de una antigua paciente, que describe con palabras sencillas pero justas la trasposición necesaria: "De lo malo me ha venido mucho bueno. El mantenerme calma, no reprimir, estar atenta, y al mismo tiempo aceptar la realidad —las cosas como son, y no como yo las querría— me ha pro¬curado un raro discernimiento, y también fuerzas pocos co¬munes, que antes ni siquiera hubiera podido imaginar. Pen¬saba yo siempre que, si se aceptan las cosas, la abruman a una de alguna manera; ahora bien, esto no es de ningún modo así, y sólo al aceptarlas puede adoptarse una posición hacia ellas. [¡Anulación de la participación mystiquel!] De modo que jugaré ahora al juego del vivir, aceptando lo que cada vez me traen el día y la vida, bueno y malo, sol y sombra, que constantemente cambian, y así acepto también mi propia na¬turaleza con su positivo y negativo, y todo se hará más vi¬viente. ¡Qué tonta era! ¡Cómo he querido forzar todo según mi cabeza!"
Únicamente sobre la base de una actitud tal, que no re¬nuncia a ninguno de los valores adquiridos durante el des¬arrollo cristiano sino que, por lo contrario, acepta, también con amor y longanimidad cristianos lo más humilde en la propia naturaleza, se hará posible un nivel superior de con¬ciencia y cultura. Esa actitud es religiosa, en su más legítimo sentido, y por lo tanto terapéutica, pues todas las religiones son terapias para los sufrimientos y perturbaciones del alma. El desarrollo del intelecto y voluntad occidentales nos ha otor¬gado la capacidad casi diabólica de imitar, aparentemente con éxito, esa actitud, a pesar de las protestas de lo inconsciente. Pero es siempre cuestión de tiempo que se abra paso de alguna manera la posición contraria, con un contraste tanto más crudo. Con el cómodo imitar invariablemente se crea una si¬tuación insegura, que a cada momento puede ser derribada por lo inconsciente. Surge una base segura sólo cuando las premisas instintivas de lo inconsciente son tomadas en igual consideración que el punto de vista de la conciencia. Pero no nos engañemos: esa necesidad se halla en oposición violenta con el culto cristiano-occidental de la conciencia, y en espe¬cial el protestante. A pesar, sin embargo, de que parezca lo nuevo ser constantemente enemigo de lo antiguo, un más pro¬fundo deseo de comprender no puede menos que descubrir que, sin la aplicación más seria de los valores cristianos con¬quistados, tampoco puede en absoluto llegar lo nuevo a esta¬blecerse.
"El secreto de la Flor de Oro", Carl Jung
12/5/09
SECRETO DE LA FLOR DE ORO 5 / Animus y anima.
A las figuras de lo inconsciente pertenecen, según nuestro texto, no sólo los dioses, sino también animus y anima. La pa¬labra hun es traducida por Wilhelm como animus y, en efecto, el concepto animus calza excelentemente a hun, cuyo carácter está compuesto por el signo para "nubes" y el signo para "de¬monio". En consecuencia, hun significa demonio de nubes, un "alma-hálito" superior, perteneciente al principio Yang y por eso masculina. Después de la muerte hun asciende y pasa a schen, al espíritu o dios "que se extiende y manifiesta". El anima, llamada po, escrita con el signo para "blanco" y él signo para "demonio", por ende "fantasma blanco", es el alma corporal inferior, ctónica, perteneciente al principio Yin y, por lo tanto, femenina. Después de la muerte se hunde y pasa a gui, demonio, explicado a menudo como "lo que re¬torna" (scil., a la tierra), el alma en pena, el espectro. El he¬cho de que tanto el animus como el anima se separen después de la muerte y vayan independientemente por sus caminos demuestra que, para la conciencia china, son factores psíquicos distinguibles, que tienen también un efecto claramente diferente, y a pesar de que originalmente sean uno en la "esen¬cia una, efectiva y verdadera", son dos en la mansión de lo creativo. El animus está en el Corazón celestial, durante el día mora en los ojos (es decir, en la conciencia); por la noche sueña desde el hígado. Es aquello que hemos recibido del gran vacío, lo que es de una figura con el origen". El anima es, en cambio, la fuerza de lo pesado y turbio", fijada al corazón corporal, carnal. "Deseos carnales y excitaciones coléricas" son sus efectos. "Quien al despertar hállase sombrío y deprimido está encadenado por el anima.
(…)La psicología femenina muestra, en efecto, un contraste con el anima del hombre, que no es, primariamente, de naturaleza afectiva, sino una esencia cuasi-intelectual que se caracteriza con la palabra "prejuicio" de manera cabalmente justa. No es el "espíritu", sino la natu¬raleza emocional del alma lo que corresponde a la naturaleza consciente de la mujer. El espíritu es el "alma", o mejor dicho, el animns de la mujer. Y así como el anima del hombre consiste en primer lugar en afinidades inferiores afectivas, el animus de la mujer consiste en juicios inferiores o, mejor dicho, opi¬niones. (Para cualquier ampliación remito al lector a mi obra antes citada. Sólo puedo mencionar aquí lo general.) El animus de la mujer consiste en un gran número de opiniones precon¬cebidas y por lo tanto es mucho menos personificable por me¬dio de una figura que, más bien, por medio de un grupo o multitud. (Un buen ejemplo parapsicológico al caso es el gru¬po llamado "Imperator", en Mrs. Piper) El animns en un ni¬vel más bajo, es un logos inferior, una caricatura del diferen¬ciado espíritu del hombre, como es una caricatura el anima, en un nivel más bajo, del eros femenino. Y así como hnn a sing, que Wilhelm traduce por logos, corresponde el eros de la mujer a ming, que se traduce por destino, fatnm, fatalidad, y es interpretado por Wilhelm como eros. Eros es el entrelaza¬miento, logos el discernimiento separador, la luz clarificadora. Eros es afinidad; logos, discriminación y desapego.
"El secreto de la Flor de Oro" - Carl Jung
(…)La psicología femenina muestra, en efecto, un contraste con el anima del hombre, que no es, primariamente, de naturaleza afectiva, sino una esencia cuasi-intelectual que se caracteriza con la palabra "prejuicio" de manera cabalmente justa. No es el "espíritu", sino la natu¬raleza emocional del alma lo que corresponde a la naturaleza consciente de la mujer. El espíritu es el "alma", o mejor dicho, el animns de la mujer. Y así como el anima del hombre consiste en primer lugar en afinidades inferiores afectivas, el animus de la mujer consiste en juicios inferiores o, mejor dicho, opi¬niones. (Para cualquier ampliación remito al lector a mi obra antes citada. Sólo puedo mencionar aquí lo general.) El animus de la mujer consiste en un gran número de opiniones precon¬cebidas y por lo tanto es mucho menos personificable por me¬dio de una figura que, más bien, por medio de un grupo o multitud. (Un buen ejemplo parapsicológico al caso es el gru¬po llamado "Imperator", en Mrs. Piper) El animns en un ni¬vel más bajo, es un logos inferior, una caricatura del diferen¬ciado espíritu del hombre, como es una caricatura el anima, en un nivel más bajo, del eros femenino. Y así como hnn a sing, que Wilhelm traduce por logos, corresponde el eros de la mujer a ming, que se traduce por destino, fatnm, fatalidad, y es interpretado por Wilhelm como eros. Eros es el entrelaza¬miento, logos el discernimiento separador, la luz clarificadora. Eros es afinidad; logos, discriminación y desapego.
"El secreto de la Flor de Oro" - Carl Jung
17/4/09
SECRETO DE LA FLOR DE ORO 6 / La disolución de la conciencia
El encuentro de la conciencia individual, delimitada estrechamente, pero por lo mismo intensivamente clara, con la enor¬me extensión de lo inconsciente colectivo, es un peligro, pues lo inconsciente tiene definido efecto disolvente sobre la concien¬cia. Ese efecto pertenece incluso, según la exposición del Huí Míng King, a los fenómenos particulares de la práctica del yoga chino. Se dice ahí: "Cada pensamiento parcial adquiere configuración, y se hace visible en color y forma. La fuerza L total del alma revela sus rastros"2.
(…)Se comprende por lo tanto por qué se recae sobre la figura % defensiva del "círculo protector". Ése ha de impedir la "efluxión", y defender la unidad de la conciencia contra la voladura por obra de lo inconsciente. Además, la concepción china intenta eliminar por debilitamiento el efecto disolvente de lo inconsciente en cuanto designa las "figuras del pensamiento" o "pensamientos parciales" como "colores y formas vacíos" y, con ello, los despotencializa en la medida de lo factible. Este pensamiento pasa por todo el budismo (…) hasta la explicación de que también los dioses, favorables y desfavorables, son ilu¬siones que deben todavía ser vencidas. No pertenece por cierto p a la competencia del psicólogo establecer la verdad o falsedad metafísica de ese pensamiento. Él debe contentarse con establecer, donde sea posible, qué es lo psíquicamente efectivo. Y no le preocupa el que la figura en consideración sea o no una ilusión trascendental. Sobre ello decide la fe y no la ciencia. (…) la sustancialidad de estas cosas no es ningún problema científico ya que, en todo caso, yace más allá de la facultad de percepción y juicio humanos, y por lo tanto también más allá de toda posibilidad de prueba. No se trata, pues, para el psicólogo, de la sustancia de esos complejos, sino solamente de la experiencia psíquica. Sin duda son contenidos psíquicos experimentales, de autonomía igualmente incontestable, pues son sistemas psíquicos parciales que, o entran en escena de modo espontáneo en estados extáticos y, circunstancialmente, suscitan violentas impresiones y efectos, o se fijan en pertur¬baciones mentales bajo la forma de ideas delirantes y alucina¬ciones y con ello destruyen la unidad de la personalidad. El psiquiatra está de hecho inclinado a creer en toxinas y simi¬lares, y a explicar a partir de ellas la esquizofrenia (escisión de la mente en la psicosis), dejando de lado los contenidos psíquicos. En cambio, en las perturbaciones psicógenas (his¬teria, neurosis obsesivas, etc.), donde sencillamente no cabe hablar de efectos de toxinas y degeneraciones de células, tienen lugar, como por ejemplo en los estados sonambúlicos, similares escisiones espontáneas de complejos, que Freud por cierto que¬ría explicar a partir de la represión inconsciente de la sexua¬lidad. Tal explicación, empero, en modo alguno vale para todos los casos, pues también pueden desarrollarse espontáneamente de lo inconsciente contenidos que la conciencia no puede asimilar. En casos de la última índole falla la hipótesis de la represión. Además, en la vida cotidiana puede observarse la autonomía, en los efectos que, contra nuestra voluntad y nues¬tras tentativas de represión más esforzadas, empujan obstinadamente e, inundando al yo, lo ponen bajo su voluntad. No es de admirarse, por lo tanto, que el primitivo vea en eso una posesión, o la migración de un alma, pues también nuestro lenguaje lo hace todavía: “No sé qué le ha entrado hoy"; "está llevado por el diablo"; "lo tiene de nuevo"; "se pone fuera de sí"; "se comporta como un poseso". Hasta la prác¬tica legal reconoce una disminución parcial de la responsabi¬lidad durante el estado pasional. Los contenidos anímicos autónomos nos son, en consecuencia, una experiencia por entero corriente. Tales contenidos tienen sobre la conciencia un efecto explosivo.
(…)Tales sistemas parciales se hallan sobre todo en las enfermedades mentales, en las decisiones psicógenas de la personalidad (per¬sonalidad doble) y muy comúnmente en los fenómenos mediúmnicos. Puede hallárselos asimismo en los fenómenos reli¬giosos. Por lo tanto, muchos de los que antes eran dioses han pasado de ser personas a ser ideas personificadas y, finalmente, a ideas abstractas, pues los contenidos inconscientes vivificados aparecen siempre primero como proyectados hacia fuera y, en el transcurso del desarrollo espiritual, son paulatinamente asimilados, vía proyección espacial, por la conciencia y refor¬mados en ideas conscientes, que pierden entonces su carácter originalmente autónomo y personal.
(…)Si las tendencias a la escisión no fueran cualidades inhe¬rentes a la psique humana, absolutamente nunca se hubieran escindido los sistemas parciales; en otras palabras, jamás hubieran existido dioses o espíritus. Por eso, a causa del culto exclusivo de la conciencia, nuestros tiempos son en tan alto grado impíos y profanos. Nuestra verdadera religión es un monoteísmo de la conciencia, una posesión por la conciencia, con una fanática negación de la existencia de sistemas parciales autónomos. Nos diferenciamos empero de las enseñan¬zas del yoga budista porque negamos hasta la calidad de experimentable de los sistemas parciales. En eso hay un gran peligro psíquico, pues entonces los sistemas parciales se comportan como cualquier contenido reprimido: producen compulsiva¬mente actitudes falsas, puesto que lo reprimido asoma de nuevo en la conciencia bajo la forma inapropiada. Este hecho, que salta a la vista en cada caso de neurosis, vale también para los fe¬nómenos psíquicos colectivos. Nuestro tiempo incurre a ese respecto en un error fatal: cree, en efecto, poder criticar intelectualmente los hechos religiosos.
(…)El efecto existe constantemente de manera colectiva, los sis¬temas autónomos actúan sin cesar, pues la estructura funda¬mental de lo inconsciente no es conmovida por las indeci¬siones de una conciencia transitoria. Si se niega los sistemas parciales, imaginando que se los anula mediante la crítica del nombre, no se puede entonces comprender más su efecto, que sigue existiendo a pesar de eso, ni tampoco asimilarlos más a la conciencia. Pasan entonces a ser un inexplicable factor de perturbación, el que finalmente se supone en algún lugar ex¬terno. Sobreviene con eso una proyección de los sistemas par¬ciales y, al mismo tiempo, se crea una situación peligrosa, pues los efectos perturbadores se atribuyen ahora a una mala vo¬luntad exterior (…)
La locura es una posesión por un contenido inconsciente que, como tal, no es asimilado a la conciencia. Y porque la conciencia niega la existencia de tales contenidos, tampoco los puede asimilar. Expresado de manera religiosa: no se tiene ya ningún temor de Dios} y se da a entender que todo sea libra¬do a la medida humana. Esta Hybris, o sea, estrechez de conciencia, es siempre el camino más corto al asilo de alienados.
(…)Más bien debe conmover simpáticamente al europeo ilus¬trado el que en el Huí Ming King se diga: "Las figuras for¬madas por medio del fuego del espíritu son sólo colores y formas vacíos." Eso suena por entero a europeo y parece casar excelentemente con nuestra razón; en verdad, opinamos que debemos sentirnos halagados de haber alcanzado ya esas alturas de la claridad, pues parece uno haber dejado tras sí hace tiempo tales fantasmas de dioses. Pero lo que hemos superado son sólo los fantasmas de las palabras, no los hechos psíquicos que fue¬ran responsables del nacimiento de los dioses. Estamos todavía exactamente tan poseídos por nuestros contenidos anímicos autónomos como si éstos fueran dioses. Ahora se los llama fobias, obsesiones, etc.; brevemente, síntomas neuróticos. Los dioses han pasado a ser enfermedades, y Zeus no rige más el Olimpo, sino el plexus solarís y ocasiona curiosidades para la consulta médica, o perturba el cerebro de políticos y periodistas quienes, involuntariamente, desencadenan epidemias psíquicas.
Por lo tanto, es mejor para el hombre occidental que no sepa al pronto demasiado acerca de la secreta penetración de los sabios orientales, pues sería "el medio correcto en manos del hombre erróneo". (…) Debiera de aprender a reconocer de nuevo esas potencias psíquicas, y no esperar hasta que sus humores, nerviosidades o ideas delirantes le aclaren, de la manera más dolorosa, que no es el único señor en su casa. Las tendencias de escisión son personalidades psíquicas efectivas de realidad relativa. Son reales cuando no se las reconoce como reales y son por lo tanto proyectadas; relativamente reales cuando están en vinculación con la concien¬cia (expresado de manera religiosa: cuando existe un culto); irreales, empero, en la medida que la conciencia comienza a separarse de sus contenidos. Pero lo último es el caso tan sólo cuando la vida ha sido vivida tan exhaustivamente y con tal devoción que no existe ya ninguna obligación vital absoluta y, por ende, ninguna exigencia que no pueda ser sacrificada sin reflexión, se halle ya en el camino de la superioridad in¬terna sobre el mundo. De nada sirve mentirse a ese respecto. Donde todavía se está detenido, aún se está poseso. Y si se está poseso, aún existe algo más fuerte, que lo posee a uno. ("En verdad os digo que de ahí no saldrás hasta no haber pagado el último céntimo".) No es del todo indiferente que, se designe algo como una "manía" o como un "dios". Estar al servicio de una manía es reprobable e indigno; en cambio, servir a un dios es, a causa de la sumisión a algo más alto in¬visible y espiritual, significativamente más pleno de sentido y, al par, más rico en perspectivas, puesto que la personifi¬cación ocasiona ya la realidad relativa de los sistemas parciales autónomos y, con ello, la posibilidad de la asimilación y de la "irrealización" de las potencias de la vida.
"El secreto de la Flor de Oro" - Carl Jung
(…)Se comprende por lo tanto por qué se recae sobre la figura % defensiva del "círculo protector". Ése ha de impedir la "efluxión", y defender la unidad de la conciencia contra la voladura por obra de lo inconsciente. Además, la concepción china intenta eliminar por debilitamiento el efecto disolvente de lo inconsciente en cuanto designa las "figuras del pensamiento" o "pensamientos parciales" como "colores y formas vacíos" y, con ello, los despotencializa en la medida de lo factible. Este pensamiento pasa por todo el budismo (…) hasta la explicación de que también los dioses, favorables y desfavorables, son ilu¬siones que deben todavía ser vencidas. No pertenece por cierto p a la competencia del psicólogo establecer la verdad o falsedad metafísica de ese pensamiento. Él debe contentarse con establecer, donde sea posible, qué es lo psíquicamente efectivo. Y no le preocupa el que la figura en consideración sea o no una ilusión trascendental. Sobre ello decide la fe y no la ciencia. (…) la sustancialidad de estas cosas no es ningún problema científico ya que, en todo caso, yace más allá de la facultad de percepción y juicio humanos, y por lo tanto también más allá de toda posibilidad de prueba. No se trata, pues, para el psicólogo, de la sustancia de esos complejos, sino solamente de la experiencia psíquica. Sin duda son contenidos psíquicos experimentales, de autonomía igualmente incontestable, pues son sistemas psíquicos parciales que, o entran en escena de modo espontáneo en estados extáticos y, circunstancialmente, suscitan violentas impresiones y efectos, o se fijan en pertur¬baciones mentales bajo la forma de ideas delirantes y alucina¬ciones y con ello destruyen la unidad de la personalidad. El psiquiatra está de hecho inclinado a creer en toxinas y simi¬lares, y a explicar a partir de ellas la esquizofrenia (escisión de la mente en la psicosis), dejando de lado los contenidos psíquicos. En cambio, en las perturbaciones psicógenas (his¬teria, neurosis obsesivas, etc.), donde sencillamente no cabe hablar de efectos de toxinas y degeneraciones de células, tienen lugar, como por ejemplo en los estados sonambúlicos, similares escisiones espontáneas de complejos, que Freud por cierto que¬ría explicar a partir de la represión inconsciente de la sexua¬lidad. Tal explicación, empero, en modo alguno vale para todos los casos, pues también pueden desarrollarse espontáneamente de lo inconsciente contenidos que la conciencia no puede asimilar. En casos de la última índole falla la hipótesis de la represión. Además, en la vida cotidiana puede observarse la autonomía, en los efectos que, contra nuestra voluntad y nues¬tras tentativas de represión más esforzadas, empujan obstinadamente e, inundando al yo, lo ponen bajo su voluntad. No es de admirarse, por lo tanto, que el primitivo vea en eso una posesión, o la migración de un alma, pues también nuestro lenguaje lo hace todavía: “No sé qué le ha entrado hoy"; "está llevado por el diablo"; "lo tiene de nuevo"; "se pone fuera de sí"; "se comporta como un poseso". Hasta la prác¬tica legal reconoce una disminución parcial de la responsabi¬lidad durante el estado pasional. Los contenidos anímicos autónomos nos son, en consecuencia, una experiencia por entero corriente. Tales contenidos tienen sobre la conciencia un efecto explosivo.
(…)Tales sistemas parciales se hallan sobre todo en las enfermedades mentales, en las decisiones psicógenas de la personalidad (per¬sonalidad doble) y muy comúnmente en los fenómenos mediúmnicos. Puede hallárselos asimismo en los fenómenos reli¬giosos. Por lo tanto, muchos de los que antes eran dioses han pasado de ser personas a ser ideas personificadas y, finalmente, a ideas abstractas, pues los contenidos inconscientes vivificados aparecen siempre primero como proyectados hacia fuera y, en el transcurso del desarrollo espiritual, son paulatinamente asimilados, vía proyección espacial, por la conciencia y refor¬mados en ideas conscientes, que pierden entonces su carácter originalmente autónomo y personal.
(…)Si las tendencias a la escisión no fueran cualidades inhe¬rentes a la psique humana, absolutamente nunca se hubieran escindido los sistemas parciales; en otras palabras, jamás hubieran existido dioses o espíritus. Por eso, a causa del culto exclusivo de la conciencia, nuestros tiempos son en tan alto grado impíos y profanos. Nuestra verdadera religión es un monoteísmo de la conciencia, una posesión por la conciencia, con una fanática negación de la existencia de sistemas parciales autónomos. Nos diferenciamos empero de las enseñan¬zas del yoga budista porque negamos hasta la calidad de experimentable de los sistemas parciales. En eso hay un gran peligro psíquico, pues entonces los sistemas parciales se comportan como cualquier contenido reprimido: producen compulsiva¬mente actitudes falsas, puesto que lo reprimido asoma de nuevo en la conciencia bajo la forma inapropiada. Este hecho, que salta a la vista en cada caso de neurosis, vale también para los fe¬nómenos psíquicos colectivos. Nuestro tiempo incurre a ese respecto en un error fatal: cree, en efecto, poder criticar intelectualmente los hechos religiosos.
(…)El efecto existe constantemente de manera colectiva, los sis¬temas autónomos actúan sin cesar, pues la estructura funda¬mental de lo inconsciente no es conmovida por las indeci¬siones de una conciencia transitoria. Si se niega los sistemas parciales, imaginando que se los anula mediante la crítica del nombre, no se puede entonces comprender más su efecto, que sigue existiendo a pesar de eso, ni tampoco asimilarlos más a la conciencia. Pasan entonces a ser un inexplicable factor de perturbación, el que finalmente se supone en algún lugar ex¬terno. Sobreviene con eso una proyección de los sistemas par¬ciales y, al mismo tiempo, se crea una situación peligrosa, pues los efectos perturbadores se atribuyen ahora a una mala vo¬luntad exterior (…)
La locura es una posesión por un contenido inconsciente que, como tal, no es asimilado a la conciencia. Y porque la conciencia niega la existencia de tales contenidos, tampoco los puede asimilar. Expresado de manera religiosa: no se tiene ya ningún temor de Dios} y se da a entender que todo sea libra¬do a la medida humana. Esta Hybris, o sea, estrechez de conciencia, es siempre el camino más corto al asilo de alienados.
(…)Más bien debe conmover simpáticamente al europeo ilus¬trado el que en el Huí Ming King se diga: "Las figuras for¬madas por medio del fuego del espíritu son sólo colores y formas vacíos." Eso suena por entero a europeo y parece casar excelentemente con nuestra razón; en verdad, opinamos que debemos sentirnos halagados de haber alcanzado ya esas alturas de la claridad, pues parece uno haber dejado tras sí hace tiempo tales fantasmas de dioses. Pero lo que hemos superado son sólo los fantasmas de las palabras, no los hechos psíquicos que fue¬ran responsables del nacimiento de los dioses. Estamos todavía exactamente tan poseídos por nuestros contenidos anímicos autónomos como si éstos fueran dioses. Ahora se los llama fobias, obsesiones, etc.; brevemente, síntomas neuróticos. Los dioses han pasado a ser enfermedades, y Zeus no rige más el Olimpo, sino el plexus solarís y ocasiona curiosidades para la consulta médica, o perturba el cerebro de políticos y periodistas quienes, involuntariamente, desencadenan epidemias psíquicas.
Por lo tanto, es mejor para el hombre occidental que no sepa al pronto demasiado acerca de la secreta penetración de los sabios orientales, pues sería "el medio correcto en manos del hombre erróneo". (…) Debiera de aprender a reconocer de nuevo esas potencias psíquicas, y no esperar hasta que sus humores, nerviosidades o ideas delirantes le aclaren, de la manera más dolorosa, que no es el único señor en su casa. Las tendencias de escisión son personalidades psíquicas efectivas de realidad relativa. Son reales cuando no se las reconoce como reales y son por lo tanto proyectadas; relativamente reales cuando están en vinculación con la concien¬cia (expresado de manera religiosa: cuando existe un culto); irreales, empero, en la medida que la conciencia comienza a separarse de sus contenidos. Pero lo último es el caso tan sólo cuando la vida ha sido vivida tan exhaustivamente y con tal devoción que no existe ya ninguna obligación vital absoluta y, por ende, ninguna exigencia que no pueda ser sacrificada sin reflexión, se halle ya en el camino de la superioridad in¬terna sobre el mundo. De nada sirve mentirse a ese respecto. Donde todavía se está detenido, aún se está poseso. Y si se está poseso, aún existe algo más fuerte, que lo posee a uno. ("En verdad os digo que de ahí no saldrás hasta no haber pagado el último céntimo".) No es del todo indiferente que, se designe algo como una "manía" o como un "dios". Estar al servicio de una manía es reprobable e indigno; en cambio, servir a un dios es, a causa de la sumisión a algo más alto in¬visible y espiritual, significativamente más pleno de sentido y, al par, más rico en perspectivas, puesto que la personifi¬cación ocasiona ya la realidad relativa de los sistemas parciales autónomos y, con ello, la posibilidad de la asimilación y de la "irrealización" de las potencias de la vida.
"El secreto de la Flor de Oro" - Carl Jung
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