26/11/10

MANDALAS EN MOVIMIENTO

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11/8/10

EL GRAN CICLO DEL MANDALA / 2010

El siguiente gran ciclo del mandala proviene de la consulta de la terapeuta del arte estadounidense, Jon Kellogg, que desde hace años trabaja con mandalas. Contiene doce prototipos de mandalas, que representan cada una de las relaciones entre el Yo conciente y el Yo inconciente, y marcan una fase importante del desarrollo de la personalidad. Cada uno de nosotros la experimenta a lo largo de su vida.

Si compara las formas de los mandalas que pinta, o de los que más adelante creará usted mismo, con el gran ciclo observará cómo es la relación actual entre su Yo conciente y su Yo inconciente. Así podrá controlar su proceso de desarrollo anímico y aplicar sus fuerzas concientemente.

1. El vacío

El vacío pertenece a las reminiscencias primigenias del ser humano anteriores al nacimiento. Con frecuencia, el vacío aparece en el centro del mandala como un espacio blanco y brillante. En esta fase se forman las contradicciones: el negro se separa del blanco, el claro del oscuro y el masculino del femenino. Estas parejas de opuestos son los elementos que determinan el mundo material.

Durante la meditación profunda se puede alcanzar el estado de vacío en el que reina una unidad y totalidad perfectas. Significa liberación, salvación, pero también libertad y amor incondicional. Existe otro estado de vacío, el que experimenta el ser humano cuando, después de su nacimiento, empieza a desarrollar su personalidad. En este punto, el espíritu, que es conciente de sí mismo, contacta con la materia, es decir, con la Tierra. Aquí empieza un proceso de aprendizaje y en su transcurso deberemos equilibrar nuestras contradicciones.

2. La felicidad

La segunda fase que sigue al vacío está impregnada de armonía y del sentimiento de unidad con las cosas en un mundo favorable. El tiempo en esta fase pasa lentamente y las posibilidades que se nos ofrecen son casi ilimitadas. Nos sentimos amados y vivimos en una especie de sueño sin movimiento propio; la realidad no nos interesa. Nuestra tarea consiste en decidirnos por una de las muchas posibilidades que se nos ofrecen.

3. El laberinto

Después de la vida sumida en sueños, empieza una fase de vigilia que está marcada por la intuición y la claridad espiritual. Se inicia el proceso de formación individual y la búsqueda de la propia personalidad. Por eso se unen y activan las fuerzas que residen en el alma. Ahora somos capaces de acordarnos de sueños olvidados, y reconocemos la importancia que tienen para nuestra vida los acontecimientos, las personas y las relaciones. Aún podemos utilizar poco este saber porque nos falta el desarrollo de la conciencia del Yo. Nuestra tarea consiste en seleccionar las informaciones que podemos asimilar y nuestros sueños, y hacerlos comprensibles a los demás.

4. El inicio

La cuarta fase pone de manifiesto la decisión de un determinado camino que pensamos tomar. La autoconciencia y la individualidad despiertan, estamos entusiasmados con nosotros mismos. Se puede detectar una tendencia al narcisismo que hace que mimemos y cuidemos lo nuevo que surge en nosotros. Nuestra tarea consiste en cuidar nuestro estado físico, mental y espiritual, y en poner atención a las fases de la relajación.

5. La diana

La época carente de problemas de las etapas anteriores termina con la quinta fase. Está marcada por la experiencia desagradable del sufrimiento, pero sin un motivo concreto. En esta fase algunas personas presentan un comportamiento forzado o expresiones de ira. En su vida predomina la vulnerabilidad y la irritabilidad hasta caer en la manta persecutoria, así como los sentimientos de abandono. La única solución parece ser un orden diario rígido para poder controlar un mundo que les resulta peligroso. Nuestra tarea consiste ahora en entender que la presión que soportamos es necesaria para nuestro desarrollo. Deberíamos enfrentarnos a nuestros miedos con decisión.

6. La lucha con el dragón

Es posible que, más adelante, volvamos a caer muchas veces en la sexta fase de los adolescentes. El enfrentamiento de los jóvenes con sus padres se denomina la lucha con el dragón, porque en un principio lo entienden como un poder enemigo que les ata. Pero en el futuro, después de haber cortado el cordón umbilical, aparece como una luz beneficiosa. El estado de los adolescentes oscila entre el sentimiento de abandono, miedo o depresiones y momentos de felicidad. La tarea consiste en que el joven no sea exigente con sus padres y se controle, y finalmente tome las riendas de su vida.

7. La cuadratura de círculo

En la séptima fase, finalmente, somos independientes y capaces de dar, amar, aprender y pensar ordenadamente. La tensión entre las anteriores contradicciones se ha disipado. Nuestra conciencia está marcada por la claridad, no sólo somos capaces de entablar nuevas relaciones y encontrar nuestra pareja espiritual, sino también de reconocer nuestro cometido en la vida y de asumir obligaciones. Nuestra tarea consiste en concientizarnos de nuestro “self” y utilizarlo como una ayuda orientativa para determinar la importancia de los valores personales.

8. El Yo que actúa

En la octava fase la autoestima ha alcanzado a su punto más alto. Estamos viviendo en concordancia con el mundo que nos rodea y, además, hemos desarrollado facultades sociales. El sentimiento de soledad ha desaparecido. Sentimos una voluntad fuerte y somos concientes de nuestras responsabilidades. Nuestro comportamiento está marcado por la actividad y el deseo de realizar nuestros ideales. Nuestra tarea consiste en enlazar hábilmente las metas personales con las de los demás.

9. La cristalización

En la novena fase podemos acabar proyectos y trabajos. En esta etapa dominan menos las nuevas ideas que el avanzar con fuerza. Como ya hemos conquistado un puesto en la sociedad, estamos contentos y en paz con nosotros mismos. Nuestra tarea es disfrutar de nuestro éxito, sin agarrarnos a él, ya que tendremos que abandonar lo conseguido.

10. La puerta de la muerte

En la décima fase se ha alcanzado todo. Sin embargo, de repente los éxitos no saben a nada, todo lo que se ha construido, creado y obtenido parece no tener ninguna importancia. Éstos son los típicos síntomas de la crisis de la mitad de la vida (midlifrecrisis). Nos partamos de nuestro ambiente habitual y nos concentramos en nosotros mismos, en nuestra vida interior. Nos percatamos de todo lo perecedero y somos concientes de que la muerte está cerca. Nos preocupan las depresiones, los miedos a las pérdidas y la desorientación. Nuestra tarea es examinar las metas conseguidas hasta ahora, abandonar las ideas anticuadas y practicar la renuncia.

11. El desmembramiento

En la onceava fase nos afligen los miedos y los desconciertos. El mundo que hemos construido se derrumba. Experimentamos un sentimiento amargo de estar dominados por un poder despiadado y, como consecuencia, aparecen los sentimientos de pérdida y las agresiones hacia nosotros mismos. Nuestra tarea consiste en resignarnos a lo inevitable, relativizar la importancia del Yo conciente y aceptar la decadencia. En esta fase nos puede ayudar la absoluta confianza en que existe un orden superior.

12. El éxtasis trascendental

En la doceava fase el desgarrado Yo forma otra vez una unidad. También podemos hablar de la fase del feliz retorno al hogar. Ahora la relación con el Yo inconciente es perfecta. Nos invaden la armonía y la alegría. Parece que hayamos encontrado nuestro humilde lugar dentro del gran mundo. Nuestra tarea consiste en aceptar con humildad los frutos de la vida. Ahora, cuando entramos de nuevo en un gran ciclo, nos acompañan todos los recuerdos de las experiencias vividas.

Del libro "Mandalas. Teoría y práctica"
Sascha Wuillement y Andrea-Anna Cavelius
Ed. Mens Sana

11/8/09

LABERINTOS 2 / ¿Qué es un laberinto?

¿Qué es un laberinto?

El laberinto primigenio siempre ha tenido en esencia la misma forma. A partir de una cruz, van surgiendo círculos que acaban formando un camino entrelazado. Este sendero no tiene bifurcaciones, ni callejones sin salida o falsos caminos. Conduce hacia adentro y hacia fuera, siempre es de entrada y salida y se dirige finalmente hacia el centro. Allí se encuentra el punto de regreso y el mismo camino conduce de nuevo al exterior.

El origen del laberinto

El laberinto tiene sus orígenes en el área mediterránea. El más antiguo se encontró en el yacimiento griego de Pylos, en uno de cuyos palacios se hallaron unas tablillas de barro de unos 3.200 años de antigüedad que se habían cocido debido a un incendio en el palacio. Una de esas tablillas tenía grabado un laberinto.
Se desconoce cuál fue la cultura que descubrió este símbolo y tampoco se sabe qué significa exactamente la palabra “laberinto”. Pero existe una leyenda muy conocida relativa a un laberinto en Creta y de ahí proviene la creencia de que su origen es cretense y su forma más antigua se denomina laberinto cretense o clásico.



“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana

LABERINTOS 1 / La leyenda del Minotauro



Cuenta la leyenda que Pasíafe, esposa de Minos, rey de Creta, se enamoró perdidamente de un toro y dio a luz al Minotauro, una horrenda criatura, mitad hombre, mitad toro.
Minos encargó a su arquitecto Dédalo que construyera un laberinto para encerrar al monstruo.
Tras perder una campaña militar, los atenienses fueron obligados a enviar cada nueve años a Creta a siete jóvenes varones y siete doncellas para ser ofrecidos en sacrificio al Minotauro. Pero llegó un día en que entre los escogidos se encontraba Teseo, el joven hijo del rey de Atenas. Una vez en Creta, Teseo se encontró con la hija del rey Minos, Ariadna, la cual se enamoró de él y le entregó un hilo antes de que se adentrara en el laberinto. Teseo mató al Minotauro y, con la ayuda del hilo de Ariadna, logró salir del laberinto junto con los rehenes que liberó. Regresó a casa y se convirtió en rey de Atenas.
“Laberintos”
Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana
El cosmos y el mundo

Al unir el cuadrado y el círculo, el laberinto simboliza la totalidad del universo. La Tierra (cuadrado) y el Cielo (círculo) se funden en un solo signo.
El ser humano se ha considerado siempre a sí mismo el punto de intersección del todo porque une cuerpo y espíritu y ambos se manifiestan con gran fuerza en él.
Los indios Hopi consideran el laberinto como el matrimonio entre el Padre Sol y la Madre Tierra. El cristianismo ve aún más claramente esta unión en la figura de Jesucristo que era hombre y Dios. Pero el laberinto cristiano no es un símbolo de Cristo, sino que permanece como símbolo del hombre terrenal, del mundo. En el mundo terrenal se inserta la cruz: el hombre, convertido en Cristo, une el cosmos y el mundo. En el laberinto cristiano la cruz está en el centro y todos los caminos se organizan en torno a ella.



El miedo y la muerte

Aquél que penetra en el laberinto, queda encerrado en él. No hay ninguna desviación posible y es impredecible. Todo esto causa miedo porque se desconoce si el camino se puede realmente efectuar. Lo que el camino le depara a uno es incierto: la lógica o absurdidad, o todo o nada, el amor o el monstruo. El misterio de la muerte está estrechamente ligado a estas cuestiones. La oruga desaparece y surge la mariposa, la semilla cae en la tierra, muere y se convierte en árbol. ¿Y qué nos sucede a nosotros cuando morimos? ¿Dónde acaba realmente el laberinto?.
El camino dentro del laberinto es una senda de muerte, un recorrido por el más allá. El camino hacia la salida simboliza el renacer. Por eso el laberinto es un símbolo de la muerte y, a la vez, de renacimiento.

El nacimiento y el renacimiento

El parto figura entre los acontecimientos más complejos y dolorosos de la naturaleza. Mientras las crías de muchas especies vienen al mundo de una manera sencilla, el nacimiento de un bebé humano implica un largo e intrincado camino al que acompañan una sensación de estrechez, una fuerza extraordinaria, dolor, miedo e, incluso, peligro de muerte.
Actualmente se sabe que, desde el punto de vista anatómico, es un camino corto y recto. Pero necesita su tiempo y requiere energía, entrega y privaciones. Un camino no puede recorrerse sin dolor ni renuncias. Antes de alcanzar el objetivo, y con la alegría de la llegada, hay que sufrir dolor y cambios físicos.
Cuando el sabio Nicodemo filosofaba con Jesús sobre los temas más elevados, éste solía recurrir a la imagen del parto para ejemplificar ante el sabio la llegada espiritual al mundo: “Quien no nazca de nuevo, no podrá entrar en el reino de Dios” (San Juan 3, 3).
Tal vez la imagen del laberinto pueda recordar anatómicamente al útero materno, pero en el fondo se trata más bien de una representación simbólica de las dificultades que entraña el parto, comparables a las del nacimiento espiritual.










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Pattloch Verlag, Ed. Mens Sana

LABERINTOS 4 / Regreso, liberación, concentración

El regreso y la liberación

El laberinto ofrece una imagen de retorno ya que, tras un camino difícil e intrincado, uno se encuentra en un callejón sin salida. La única alternativa posible es volver sobre lo andado. La necesidad de regresar está muy presente. En este momento surge la conciencia de la liberación: liberarse del miedo, de la muerte y del dolor.
Todo ello significa la liberación de este mundo y, con ello, también escapar del laberinto. El regreso permite, finalmente, abandonar el laberinto, dejarlo atrás.
Una de las principales creencias del cristianismo se basa en el hecho de que el hombre sólo puede salvarse si vuelva sobre sus propios pasos, entendiendo esto como un regreso a la fe y se relaciona, a su vez, con la condena del mal y el encauzar al hombre hacia las buenas acciones.

La concentración

Muchos de los que se adentran en un laberinto experimentan un “cambio espacial”. Al penetrar nos encontramos en un espacio totalmente cerrado y abandonamos el lugar en el que nos encontrábamos. La certeza de no tener que buscar el camino correcto porque sólo hay uno posible hace que nos concentremos en el interior rápidamente.
En un laberinto bien construido, el camino a seguir provoca un ritmo que favorece el acto de centrarse únicamente en nuestro mundo interior. Del mismo modo, los giros del camino nos permiten dar vueltas sobre nuestro propio eje. A través de un sencillo recorrido, el laberinto puede conducirnos a un estado de concentración que requeriría un mayor tiempo de preparación y ejercitación si empleáramos otras técnicas de relajación.

Las murallas de la ciudad

Algunos laberintos se denominan “Ciudad de Troya” en referencia a la antigua ciudad de Troya cuyas impresionantes murallas fueron imposibles de traspasar, salvo por una artimaña. Sobre la antigua ciudad de Jericó se cuenta una historia parecida, ya que también era una ciudad considerada inexpugnable que sólo mediante la ayuda divina pudo llegar a conquistarse. Existe otra ciudad relacionada con un laberinto: según un cronista de la época, durante la celebración de la fundación de Constantinopla, se realizó una danza del laberinto.
El laberinto simboliza un muro resistente y es un signo de fortaleza inexpugnable. Además simboliza también la entrega y el compromiso que requiere el esfuerzo necesario para llevar a cabo valiosas e importantes conquistas.







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